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Algunos de sus textos

Arte poética

  

Yo no juego con la muerte.

No juego con los amigos que eligieron

esa forma solitaria del exilio

ni con mi padre o compañeros

forzados a la partida

con el engaño del regreso.

Yo llevo tranquilamente

mi alma en un plato

al almuerzo de los años futuros,

por encima de burlas y amenazas,

como hiciera Maiacovsky

cuando eligió su corazón

como último refugio.

 

No juego tampoco

con la locura, los gatos, los espejos,

o los sueños que vivo

con la intensidad de un sueño.

No podría jugar

con mi propio rostro en el espejo,

con la severidad con que me mira

o la sonrisa que rescata una mentira

y hunde cada pequeña traición

innecesaria.

 

Yo no juego con la muerte

ni con mis alucinadas reiteraciones

que frecuentan los paisajes de la locura

y llevan el territorio de lo posible

a esos abismos sin eco ni final,

sin bordes para que la mano o la razón

detengan la caída. No juego

con la muerte. No juego conmigo.

 

Hay horas

en que el silencio trepa los costados

de la noche y mis manos a oscuras

no encuentran el límite de mi propio

aliento. Hay horas, reconozco,

en que mi alma vaga de cuarto en cuarto

y observa mi cuerpo que duerme

ajeno a la requisa de papeles, de sueños,

de aquellos objetos que cuido no me toquen,

de esos rostros que ordenan mi memoria

y me ayudan a mentir en el recuerdo.

 

Reconozco también que hay horas

que transcurren sigilosas, atentas,

que caminan de sueño en sueño

de espejo en espejo, de rostro en rostro,

y recorren el vasto mundo por los techos

como gatos. Tal vez sea gato algunas horas

y la muerte me conceda ese deseo.

 

Pero yo no juego con la muerte que aparece

en mis sueños o mi biblioteca

las noches que comparto con la soledad y el alcohol.

Yo no juego con la muerte que me permite

visitar a mi padre y mis amigos,

que me deja hablar en sueños con los que

pronto irán de su mano, aparecerán

sin previo aviso entre poemas y papeles

o en el espejo al levantarme,

y volverán

solamente las noches que comparta

con la soledad y el alcohol.

 

Yo no juego con la muerte,

no podría tampoco jugar con los sueños

de antiguas amantes:

tanta ilusión guardada en la memoria

tanto amor que no cabe en la palabra amor

tanto placer que no sé cómo cabe en mi cuerpo

tantas mujeres que al fin fueron

la mujer

que comparte locura sueños abismo

espejos noches por los techos

mujer inasible y real

conformada por todas las mujeres

de las que recuerde su rostro

en el espejo.

 

La muerte me conoce.

Alguna vez me ha invitado

a esos dudosos paseos

de los que no se vuelve.

Pero sabe que por encima de burlas y amenazas

yo llevo tranquilamente mi alma en un plato.

Sin juegos. Cada uno en su lugar

disfruta el almuerzo

de los años futuros.       

 

  Reynaldo Uribe

 

 

Rito de la ausencia

 a Carolina, Nicolás,

Imanol y Federico

 

 I

 

En este transitar de sombras y montañas

con las manos extendidas

perpendiculares

a mi pecho hinchado de sed,

 

te busco

 

desde mis cientos de siglos

mi desarrollo físico y mental

mis pasiones infinitas

mi naturaleza

moldeándose desde sus entrañas

de rodillas a nuestra sensibilidad acorralada.

 

Y camino

 

con mi humana soledad a cuestas

extrañando tu sueño

hurgando indefinidas sombras

consultando al viento y a las piedras,

a las hojas secas y las verdes,

a todo aquello que aún se guarda intacto

inviolable

y tan seguro de sí mismo

como de su eternidad en la vida y en la muerte.

 

II

 

No acepto la infancia como símbolo

de alboradas

dueñas absolutas

de su lenguaje propio

o de un futuro promisorio o desafiante.

 

Yo descubrí en el nacimiento de mis hijos

la permanencia inquebrantable del amor

como fuente indestructible de energía

y la magia de la creación

como fruto de lo imperecedero de mi cuerpo;

y me postré ante ellos desde el primer llanto

porque hasta la eternidad

serán los exclusivos cancerberos

de sus propios e indelebles enigmas.

 

No estoy dispuesto

tampoco

a resignarme ante la muerte

ni aceptarla como el eslabón de un ciclo.

No quiero hablar

de aceptación

comprensión

adaptación

en fin, resignación

quien se resigna ante la muerte

se resigna también ante la vida.

 

Siento

aún

la impotencia ante lo magnificente

la incertidumbre de lo ignorado

el temor

las dudas

el asombro diario

por todos y cada uno

de los eslabones del ciclo natural,

monótono y cotidiano

como el salir del sol

el amanecer de las estrellas

el llanto de un pimpollo

emocionado de rocío

o un débil pichón que inicia el vuelo.

 

III

 

Busco al hombre

para encontrar la paz

y no para remendar heridas:

como una alborada

una común y definitiva

sin grandes luces

pero sin sombras tenebrosas

al acecho.

 

No quiero la paz de utilería

que sirva de consuelo.

Busco

la paz como uno más

de los sagrados elementos,

como el fuego, el agua,

la sombra, el silencio,

el parto, las montañas,

la muerte o el pan.

 

IV

 

Quiero conservar el culto

primitivo y ancestral

ante lo mágico:

lo que no es del hombre

y hace al hombre.

 

Por eso busco y necesito

al hombre esencial,

el de carne y huesos

pero con un armazón de acero

o de nieve

de fuego o agua dulce

o lo que sea,

el que guarda en sus más recónditas esquinas

el Innombrable:

en sus miradas más superficiales

en sus manos y en sus pies

y en cada poro de su piel,

el que convive

y lo alimenta y se alimenta.

 

Por eso

mi temor de negociar

el gusano que un día se hizo hombre

por el hombre

que cada día quiere hacerse más gusano.

Estoy cansado

de buscar al hombre

tumultuoso y cerebral

laberíntico y mortal

el de carne y hueso y nada más

 

y nada más.

 

V

 

Mi único poema

dirá

 

me despojo de mí

y te descubro.

 

   Reynaldo Uribe

 

 

El centrofoward murió al amanecer

  

Aquellas charlas, amigo, aquellas charlas

están grabadas en las paredes de Nanterre:

“Corre, camarada, el viejo mundo

está detrás de tí”.

Y aquí, bajo otros cielos,

aquél mayo de Nanterre yo cumplía los 17

a los que quería volver Violeta.

 

Aquella charla amigo en que te dije

que el sistema anotaba un tanto en nuestras barbas

que nos quedamos dormidos en defensa

y a pesar de los avances

no generamos situaciones de gol: el sistema

está entrenado, nos mató un amanecer al centrofoward

y al abrir los ojos nos entró nostalgia por la lluvia

nostalgia por la lluvia la de ahora es otra lluvia

el vino no es el mismo al sexo le pusieron saxo

extraviándolo de su propia melodía.

Sabés qué pasa mi querido amigo

no quedan tantas pensiones baratas

ni esas prostitutas de Eduardo Dalter que

“no esperan a nadie y sueñan”

en la esquina de la Plaza López o en la cuadra del París

ni Federico dice “oye mi sangre rota en los violines”.

Preocupa eso sí el agujero del ozono pero nadie

pregunta por el dedo que se mete y escarba

corre camarada se viene el dedo

el viejo mundo debe quedar atrás,

a la vuelta de una esquina

a la que faltan el buzón carmín

y un misterioso sobre perfumado que custodie

esa pequeña violeta ansiosa por dormir

eternamente junto al poema 20 de Neruda.

 

Es otra cosa otro tiempo otro hombre

no se consigue un zapatero bueno

para coser la de cuero

es otro tiempo otra cosa

los arqueros no se calzan la gorra hasta los ojos

las camisetas no vienen con solapas y botones

al hombre

le han cambiado el sueño lo dejaron

temeroso del sida la pasión

temeroso amor deseo silencio

vibración de los sentidos cuando pelvis y pelvis

aturden esa misteriosa desaparición del mundo

el viaje en espiral al infinito.

 

Aquella charla aquella charla

(cómo cuestan las palabras

cuando se abandona el gesto)

aquella charla de palabras del sistema

y nosotros que pasamos los 17

pero queda sexo para combatir el sida

manos para acariciar el sexo

ojos para mirar las manos otros ojos

para encontrar los ojos mirar a través del vaso

y conspirar.

Nos acosan amigo, nos acosan

son muchos nos rodean

nos hacen correr

lejos de los muros de Nanterre

nos alejan cambian la utopía

pedazos de película que la Metro tiró por inservibles

jugar armar un videoclip

hacer cola con una regadera regar

regar con entusiasmo.

 

Porqué no una regadera sin flor cargada

con agua de cal caminar despacio por los lados

luego prolija medidamente marcar el área penal

la línea del centro el círculo hasta mandarse la joda

dibujar con blanco sobre el pasto

al centrofoward que murió al amanecer

haciendo el amor con la mujer de sus sueños

mujer con un telar que sueña

que al amanecer un centrofoward

destejerá punto por punto

cada rincón oscuro de la luna.

 

Aquella charla aquella charla

de qué sirve

 

conspiremos.

 

 Reynaldo Uribe

 

 

  

Absolutamente cortinas

a Pink Floyd

  

Cuando la soledad

es como caer por el brocal de un pozo

húmedo, oscuro, sin orillas ni contornos,

sin puntos de referencia desde donde pueda

tomarse conciencia de la existencia de uno mismo,

porque uno mismo

no es más que un vértigo de situaciones límites

que eliminan todo viso de realidad,

todo parámetro de locura

o cualquier intento elucubrado de suicidio.

 

Cuando la realidad

toca el filo de la poesía

en su transgresión de tiempos y de espacios,

en su desesperanzada migración a los pantanos

que no son ni más ni menos que los que se pisan

de este lado del espejo.

 

Cuando las pausas,

los silencios,

son campanas sordas

que tañen en la profundidad de mares oscuros,

espesos y aceitosos,

apestosos de peces ciegos que gritan

sin emitir sonido alguno pero

con la boca abierta como queriendo abarcarlo todo,

todo lo que existe en las profundidades

de las que ningún humano conoce la clave

para destrabar sus cerrojos,

aunque mantenga la ilusión de furtivo

visitante oculto de lo no visto.

 

Cuando se habla de esperanza a manos llenas

y se riegan los campos con alquitrán,

se inyectan con hormonas los maniquíes,

se plastifican los gestos, las acciones,

se previene cada paso no dado aún

tirando la dentellada sobre el bocado

ni siquiera pensado todavía.

 

Cuando todo está destruido

y no quedan en pie raíces ni cimientos,

pero hay monstruos que se relamen

porque han sobrado unos despojos,

las últimas gotas para el vampiro.

 

Cuando el apocalipsis ha obtenido su clímax

siempre

siempre hay un espejo que se empaña

siempre hay un vidrio que se cubre de vapores

y deja nuestro rostro solo

abandonado

incapaz de mirarse a sí mismo

incapaz de reconocerse en los rostros cotidianos.

 

   Reynaldo Uribe

 

 

Otoño

  

Una noche brumosa de Nueva York

o Pichincha no recuerdo una tarde

una mañana de sol de madrugada un feriado

un amanecer un miércoles cualquiera

un hombre cae se doblan sus rodillas

y cae derramando sus palabras en la vereda

cae el hombre y sus palabras en la vereda

sucia sin baldosas en la vereda encerada

en una vereda cualquiera de cualquier

lugar pisada por los abnegados

enfermeros de la guardia de emergencia pisada

por diligentes policías que no encuentran

al culpable pisada por curiosos por viciosos

por periodistas por la amable mujer que barre

las palabras con las hojas secas con los fósforos

apagados los chiclets secos los restos de algodón

como si fuera lo mismo morir en Nueva York

o en Pichincha a mediodía o en feriado

morir de muerte natural o conspirando

derramar palabras o una inmunda sangre

recordada en la mesa familiar ante la carne

jugosa o en un vulgar análisis de colesterol.

 

Y con el tiempo la memoria confunde a las abnegadas

almas de Nueva York y Pichincha a los enfermeros

a los policías la memoria confunde a los viciosos

a los periodistas y dicen que fue

un fósforo que quemó un hombre

una mañana de sol de madrugada un feriado

un amanecer un miércoles cualquiera

que se atragantó con un chiclet que el algodón

estaba infecto porque era reciclado

que el culpable no aparece que el culpable

fue condenado a cadena perpetua fue barrido

por una mujer su cómplice y la prueba número uno

la escoba no aparece. Las palabras caídas

mientras tanto

siguen allí en la alcantarilla

tapando a las hojas secas que caen tapando

a las palabras que caen y nadie

está dispuesto a recoger.

 

   Reynaldo Uribe

 

 

Búsqueda

  

Busca, hijo, busca,

como alguna vez lo hicieran los antiguos.

Busca en tu niñez o la saga de tus sueños

entre las ruinas de la ciudad fantasma

en el aliento de desiertos y torrentes

o en el eco de tus pasos. Busca

en laberintos o en sagrarios

en la pátina de los escudos

en aquellas profecías en la música de los pastores

en los cráneos de los traidores lastimando

la luz con su reflejo. Busca

en olvidadas catacumbas en el rastro

de los cuervos cuando vuelan

en las sagradas escrituras en el sendero

del sol sobre el mar en el ocaso.

Busca

en las palabras que quedaron adheridas

al silencio o en aquéllas fecundadas

por aves y peces y abejas destiladas por fin

en el desvelo. Busca hijo

entre las piedras en la huella del viento

en la sombra que alguien olvida cuando pasa

en los caminos sin origen ni destino.

 

Busca, hijo,

busca.

 

   Reynaldo Uribe

 

 

 

De espejos, poemas y suicidios

  

Basta un pequeño olvido

un instante de distracción

y las agujas del reloj

inician

un tiempo propio para cada gesto.

Entonces

los espejos no sirven para reflejarnos:

es nuestro rostro que repite la figura

unidimensional y fría

dibujada en el vidrio.

 

Puede multiplicarse nuestra boca

para llenar el espacio de sonidos.

Pueden superponerse nuestros ojos,

ubicarse en el medio de la frente

para competir con Júpiter

sobre el dominio del aire y del cielo.

Puede haber la voluntad

de destrabar las entrañas

y producir ese vómito atrasado

que escarbaba la memoria.

Es posible que los pómulos

acompañen la violencia volcánica

acumulada

contra uno mismo

contra el propio silencio.

 

También el suicidio tiene cabida,

se puede repetir la figura neutral

y justificar la impasividad del espejo.

 

Todo es probable tratándose de espejos,

han acumulado en sucesivas estaciones

las ínfimas señales de cada poro,

los signos de cada paso de las horas,

los desvaríos que provoca un olvido

un poema

un instante de distracción.

Todo es probable tratándose de espejos,

sólo ellos desnudan nuestro rostro:

sospechoso cómplice de uno mismo

o con la palidez indiferente del idiota

cuando acaba de orinarse en público.

 

   Reynaldo Uribe

 

 

Cerrojos

  

Una llave extraviada

en la profundidad del océano o en

osamentas que calcinan las arenas

escorpiones que rondan pisan

anidan donde tiempo atrás habitó

un sueño

una ilusión

otro escorpión.

 

Viento. Sólo viento en las entrañas

de la memoria. Sólo memoria en las

entrañas. Sólo viento.

El mar es indescifrable para las tormentas

del desierto las arenas enceguecedoras

son indescifrables para los caracoles

o el canto de las sirenas.

El sonido suele ser una falacia

para aferrar a los sordos

al mundo de los ciegos. Hay rocas

volcánicas más duras que el corazón

más duro

más livianas que la mirada.

Mitos y epopeyas rondan el gesto

sombras chinescas sombras de los gatos

sombras de los sueños.

La fragilidad de memoria de los dioses

la proyección infinita hacia el olvido

de oraciones

rituales

sacrificios

flagelos para alejar a dios del cuerpo

comuniones con el lado oscuro e insondable

de uno mismo

su memoria

sus deidades.

 

Voces afónicas

agónicas

claman

exigen

suplican

extrañan

una llave

algo parecido

a una palabra.

  

 Reynaldo Uribe

 

 

 

En mi andar de soñador comprendí mi mal de vida

 

 Andar

con la memoria a cuestas

refugiarme

sólo

en la estación que vendrá,

esa

que ya no recibe

ni despide trenes.

 

Buscar el amor

que siempre

parece cerca,

esconderme de la muerte

agazapada en mi sombra,

querer asir la vida

que inevitablemente

está en la línea de horizonte.

 

Habitar casas

como hoteles,

oler flores

del mantel y las cortinas

 

ver de las valijas

 

(como del vaso de vino)

 

la mitad llena

o la mitad vacía.

 

 Reynaldo Uribe

 

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