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CENTROS CULTURALES PARA EL TERCER MILENIO (II)

 

  (Publicado en Revista Casa Tomada Nº 9, abril de 1999)

 

 

Bajo este mismo título he publicado anteriormente un trabajo que podría considerarse como complementario del presente.

Proponía en ese artículo definir los objetivos de un Centro Cultural en el marco de la sociedad que lo contiene, para encauzar su accionar en un sentido afín con un proyecto cultural más amplio, colaborando en la tarea de evitar que conceptos tales como participación, identidad, promoción cultural, sigan sonando como frases huecas, sin contenido aparente. En éste, la intención es fundamentar y dar sentido a esos objetivos.

 

Tres etapas en las políticas culturales

 

Los agentes culturales del tristemente célebre “proceso militar” tenían un proyecto coherente con la idea de país del poder político.

La Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Santa Fe, bajo la conducción de Héctor Ruiz de Galarreta, editó en 1977 su Plan Cultural, en el que se lee:

Llamamos acción cultural primaria a toda aquella que se realiza con un fin directamente formativo, y acción cultural secundaria a la que posee un fin indirectamente formativo.

1) Acción cultural primaria.

Dentro de este tipo de acción cultural distinguimos dos especies: una que denominamos acción cultural de contenido específico y otra que llamamos acción cultural primaria común. La primera es la que posee una finalidad ideológica, en el sentido de que se opone a ideologías extrañas a nuestro ser nacional. La distinción de este tipo de acción responde a una necesidad operativa, en razón del actual problema subversivo,

Tal tipo de acción estará constituida por aquella que directa o indirectamente se oponga a las ideologías subversivas.

Para mayor claridad citamos algunos ejemplos:

a) de acción específica directa: cursos, conferencias, etc., de crítica a la filosofía del marxismo, a las técnicas operativas comunistas, a la praxis de la subversión, etc.

b) de acción específica indirecta: cursos, cursillos, conferencias, etc., sobre conceptos del hombre como ser trascendente, fines del hombre, el hombre y el Estado, fundamentos de la moral, etc. Dentro de este último tipo, se trata de arraigar convicciones que de por sí no se refieren al tema subversivo, pero que una vez arraigados, excluyen la posibilidad de adopción de principios subversivos. Por ejemplo, una concepción espiritualista de la vida impide abrazar el materialismo dialéctico.

La actividad de los espacios culturales oficiales, hasta 1983, muestra una coherencia intachable con el momento que vivía el país. Así, se observa a través de su programación un concepto de cultura, un tratamiento especial por las actividades, que los estudiosos coinciden en llamar cultura enajenada, en tanto conjunto de valores culturales de un pueblo sobre los que éste ha perdido la capacidad de decisión, por avance de la cultura dominante.

Proponen una cultura universal, como suma de los valores más destacados de todas las culturas nacionales del mundo, a los que cabe añadir los de las culturas y civilizaciones antiguas. En América Latina suele llamarse cultura universal al conjunto de valores de los países centrales, los que se utilizan para menoscabar y desplazar a la cultura nacional y popular, y no como una simple información enriquecedora. Además, quienes manejan el poder deciden cuáles son esos valores más destacados, apuntando a una homogeneización de las pautas culturales a costa de la anulación de todas aquéllas que no encuadren con su proyecto.

A partir de 1983, con el advenimiento de la democracia, las programaciones cambian decididamente. Las instituciones se convierten en verdaderos foros de debate de todas las inquietudes democráticas reprimidas que necesitaban expresarse. Esta transformación no fue sólo formal, sino que los lugares pasaron a significar espacios de pertenencia, que la sociedad asumió como suyos. Un caso ejemplificador lo constituye el Centro Cultural Bernardino Rivadavia, en Rosario. La democratización del Estado tuvo como correlato la democratización de la cultura, por medio de la cual se intentó constituir a los sectores populares en actores sociales. Se propuso una falsa dicotomía: democratización cultural o democracia cultural; la primera proponía difundir la cultura, permitiendo que todos los sectores sociales accedieran a esa cosa mágica e inasible; la segunda proponía la participación masiva, amplia e indiscriminada, en las cosas de la cultura, participación voluntarista –en el fondo- que no tuvo intención de cambiar nada, salvo la actitud pasiva del espectador.

Oscar Landi señala que las confrontaciones principales en el plano del campo cultural no se dan en términos doctrinarios y sobre metas generales sino en pequeñas y grandes batallas y transacciones sobre la distribución y formato de los circuitos de producción cultural y comunicativa. Las decisiones rondan menos la zona de los contenidos de la cultura y más el problema de las oportunidades y formas de participación de las diferentes voces de la sociedad.

Este proceso se fue desvaneciendo con el correr de los años, no sólo por los cambios derivados de las transformaciones del Estado, sino porque los proyectos culturales quedaron encerrados en sí mismos, sin posibilidad de salida de su aislamiento: les faltó pensarse críticamente y encontrar formas de contacto entre diferentes alternativas, para adquirir la fuerza suficiente, capaz de ejercer un control sobre la arbitrariedad de las posteriores políticas culturales que, enmarcadas conceptualmente en la globalización, hacen gala de la dádiva a los creadores y la promoción de costosos espectáculos. Asistimos hoy a una suerte de privatización de la cultura por parte del Estado, en que la misma ha dejado de tener sentido como tal para convertirse en un objeto de cuyo brillo hacen ostentación sus propietarios.

 

El siglo que viene

 

El arte, el desarrollo científico y tecnológico, las comunidades marginales, la educación, los derechos humanos, las relaciones de producción, conforman –entre otros- nuestra cultura. ¿Cómo nos preparamos como país, desde estos presupuestos, para asumir el siglo que viene?

Evidentemente, la vidriera de los organismos culturales no muestra estos artículos. Sin embargo, es claro que si no queremos ser un mero apéndice de Occidente (de la miseria ética y moral de sus instituciones, que luce en sus antecedentes dos guerras mundiales y una tercera para uno de estos días), necesitamos debatir esos temas desde nuestro lugar para encontrar un pensamiento latinoamericano que nos conduzca a la concreción de un proyecto civilizatorio auténticamente propio, que nos permita resolver nuestros problemas desde la realidad que nos rodea, que no es global sino llena de particularidades y con una rica historia cultural que nos pertenece y no le debemos a nadie.

 

Los Centros Culturales

 

El Estado posee poderosas herramientas posibilitantes del encuentro y el diálogo: los Centros Culturales. Estos no pueden confinarse a meros supermercados donde se venden espectáculos a bajo precio o se exponen gratuitamente artículos de dudosa calidad. Deben ser, justamente, ámbitos que representen la cultura que los sostiene. El lugar que necesita una sociedad para bucear en su pasado y su presente, el lugar que le permita diseñar el futuro que quiere y precisa, no el que le ofrecen con tentadoras ofertas.

No tiene demasiado valor presentar aquí actividades a desarrollar que reflejen las inquietudes vertidas a lo largo de este trabajo. Cada Centro está inserto en una realidad diferente, aún cuando se piensa en los de una misma ciudad. Pero sí se pueden adoptar algunos criterios posibilitantes de acciones concretas.

Por ejemplo, las actividades tradicionales que se programan para estos lugares como exposiciones, conferencias, festivales, cursos, mesas redondas, proyecciones, sólo se juzgan de acuerdo a un patrón de calidad no verificable, que depende del criterio de los directivos de turno. Pueden ser revalorizados y dotados de un sentido pensando en su organización en el marco de proyectos nacionales o regionales, que contemplen la verdadera posibilidad de incentivo a la creación y su inserción en la comunidad; pueden ser complementarios a la actividad pedagógica desarrollada en la enseñanza, actuando como apoyatura en las áreas que corresponda; pueden confrontarse con otras experiencias como forma de aprendizaje y conocimiento, saliendo así de su aislamiento como hechos puntuales y dispersos; fundamentalmente, pueden escucharse las ideas aportadas por las instituciones de la comunidad que compartan los criterios generales aquí enunciados.

Es hora también de ampliar el campo de acción de los Centros Culturales de cierta envergadura, y definir cuál es el rol que cumplirán en su ciudad o región, como así también incorporar áreas de investigación sobre la problemática cultural.

Pero este artículo no pretende ser un “manual de operaciones”, lo deseable es que alguna vez se jerarquicen las áreas oficiales de cultura y se capacite adecuadamente a su personal, incluyendo al que ocupa cargos directivos.

 

Consideraciones finales

 

Los Centros Culturales, para ser un referente de la comunidad, deben ser más dinámicos que los mecanismos burocráticos y más creativos que la imaginación de sus dirigentes: deben ofrecer posibles canales de participación, a los que se reclame propuestas para que las políticas culturales estén signadas por los rasgos que conforman nuestra identidad. Es la única manera de garantizar una presencia auténtica y un diálogo valedero en la diversidad, conformando así un pluralismo cultural frente al aplanamiento que nos ofrece la globalización.

Las tareas de rescate y difusión de nuestra cultura, como su defensa de ese congelamiento que quiere hacerla aparecer como una antigüedad pasada de moda y sin valor alguno, pueden encontrar en los Centros Culturales el único ámbito capaz de ponerlas en práctica. De no ser así, el desarrollo de la cultura ni siquiera será una frase para adornar discursos.

 

Reynaldo Uribe

1995

 

 

 

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