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CENTROS CULTURALES PARA EL TERCER MILENIO (I)

 

 

  (Publicado en Revista Casa Tomada Nº 3 - 1995)

 

A cinco años de la finalización de un siglo signado por acontecimientos sucedidos con una vertiginosidad no vivida en otros tiempos, nos enfrentamos con un panorama cultural impensado hace casi cien años.

Las leyes del mercado parecen pautar todos nuestros pasos, y aparentemente todo, hasta lo no dicho, se corresponde con las leyes de la oferta y la demanda, con las leyes de la sociedad de consumo. Los países dominantes de la economía mundial niegan nuestra capacidad de elaborar un proyecto civilizatorio propio y pretenden inculcarnos sus fracasadas ideas; así, debemos creer que estamos ante el fin de la historia, el fin de las ideologías, el fin de la utopía. Considero que el único fin es el de los “valores morales” de la sociedad consumista, que ha llevado a dos guerras mundiales e innumerables conflictos regionales, a la destrucción de la naturaleza por el uso indiscriminado de la tecnología, a la desocupación y el hambre de millones de personas, y al racismo y la discriminación violando los más elementales derechos humanos.

Entiendo que la política nacional está más preocupada por salvaguardar intereses ajenos que los de la comunidad que lo sustenta, y debería importarnos a todos preservar los valores de nuestra propia identidad cultural, y proyectarnos al futuro con reglas de juego compartidas con la sociedad y programas superadores elaborados en conjunto. El país no está ajeno a la realidad del planeta.

El tercer milenio plantea problemáticas nuevas para todos, y es necesario prepararse para ellas. Las alternativas para nosotros son: o Latinoamérica emerge con un proyecto civilizatorio propio, enraizado en su historia cultural, o se convierte en la hermana pobre de Occidente. Para esta segunda opción pareciera ser que estamos más capacitados, considerando a la primera como “fuera de moda” o como parte de la utopía (cuyo fin decidiera decretar Occidente).

Sin embargo, el Instituto de Estudios Estratégicos de la Universidad de Harvard afirma que para el próximo milenio los conflictos internacionales, más que económicos o ideológicos, serán culturales. Y reconoce a Latinoamérica como una de las siete civilizaciones que jugarán en el escenario del mundo, junto con la occidental, la confuciana, la japonesa, la islámica, la hindú y la ortodoxa eslava. (Revista Casa Tomada Nº 1, “El arte en la emergencia civilizatoria de América Latina”, de A. Colombres)

Este reconocimiento por parte de una Universidad que ha sido a través de los años una usina ideológica del poder, da cuenta de algo que nuestros intelectuales se resisten a asumir. Pero bien sabido es que los hombres, y también los países, si no tienen un proyecto propio necesariamente vivirán el proyecto elaborado por otro.

 

Casas de la cultura

 

En este sentido, los Centros Culturales reconocidos por la sociedad justamente como sus referentes culturales, pueden asumir un rol importantísimo no sólo para la ciudad  a la que pertenecen sino para una vasta región. Un Centro Cultural en la ciudad de Rosario debe ser una verdadera Casa de la Cultura: un polo generador de actividades de irradiación de la obra de sus creadores,  pero también de rescate y reservorio de nuestro pasado cultural latinoamericano. Esta propuesta debe partir de una base: el  movimiento Cultural que representa a los países del Mercosur, y el enriquecimiento que resulta por el constante intercambio de proyectos e información, como paso previo a la conformación de una red comunicacional informática que pueda ponerse al servicio de la comunidad.

Un Centro Cultural -que quiera seguir siendo un referente de la ciudad que lo sustenta- debería convertirse en un reservorio del pasado cultural Latinoamericano. El diccionario aclara que reservar es guardar algo para ser utilizado después. Y exactamente de eso se trata, de trabajar en un proyecto civilizatorio sobre la base de nuestra historia cultural, que nos permitirá comprender el presente y planificar entonces el futuro desde la perspectiva de nuestra realidad y verdaderas necesidades.

Según Adolfo Colombres, para posibilitar esta experiencia, hay cinco niveles fundamentales en el tratamiento de la acción cultural que deben guiar el accionar del Centro: Rescate, Sistematización, Difusión, Desarrollo y Defensa de la Cultura. (1 ) 

El rescate cultural debe necesariamente partir de la investigación, la cual se nutre de los datos que proporciona la propia historia.

La sistematización de los datos significa un ordenamiento de toda la información recogida en las tareas de investigación. Esto implica un criterio de clasificación, para lo cual un equipo técnico del Centro deberá elaborar una guía general de investigación y clasificación, y los datos recogidos, ordenados, se volcarán en una base de datos informática para el aprovechamiento posterior de esos datos por la comunidad.

La difusión de la cultura consiste en ampliar la base social de un conocimiento determinado, o sea, el número de personas que participan del mismo. Esta tarea es sumamente importante, ante el intenso bombardeo de pautas culturales extrañas, en lo que se denomina habitualmente proceso de aculturación. La difusión tiene dos direcciones: hacia adentro, que procura fortalecer en los grupos la conciencia de sus valores culturales para devolverles confianza en sí mismos, y hacia afuera, que apunta hacia otros sectores y a la sociedad global.

El desarrollo de la cultura es la tarea más importante, y en la que encuentran plena justificación los tres niveles anteriores. Desarrollar una cultura es el mejor modo de garantizar su supervivencia, de imponer el respeto a sus valores, es desplegar y realizar sus potencialidades, o sea, todo lo que ella muestra como posible. Como una cosa lleva a la otra, el proceso no llegará a su fin mientras exista la sociedad que lo sustenta.

La defensa de la cultura es fundamental, ya que las culturas populares siempre estuvieron sujetas a presiones, imposiciones, deformaciones, manipulaciones e incluso brutales represiones, discriminación, la violación de derechos humanos, la deformación de su historia o los intentos por imponer coercitivamente pautas culturales ajenas. Se utilizarán para ello desde los medios de difusión hasta las instancias jurídicas previstas en la Constitución Nacional.

 

Sumatoria

 

Partiendo de estos conceptos, la tarea fundamental para un Centro Cultural es sumar. Sumar a todos los creadores de todas las disciplinas artísticas de la ciudad y la región, a los intelectuales, a los estamentos educativos, a las organizaciones de la sociedad. En una palabra, abrir las puertas para que el Centro Cultural en cuestión sea la casa de todos, sea el ámbito natural de difusión de las producciones que aquí se realizan, y un foro permanente de debate de ideas en absoluta libertad.

Con estos presupuestos y reivindicando el pluralismo ideológico manifiesto en todos los órdenes: político, social, estético, religioso, puede pensarse en la estructuración de un Centro Cultural que verdaderamente esté no sólo al servicio de la comunidad que lo sostiene, sino de un proyecto cultural que, desde su lugar, colabore para salir del estancamiento que sufre nuestro país y comience a construir, desde las bases mismas de la realidad social, una propuesta alternativa.

Este camino es factible de concretar para que un Centro Cultural, un polo de irradiación de emprendimientos culturales que tienen repercusión en la sociedad, proporcione elementos fundamentales de apoyo al desarrollo económico y la promoción social de los distintos sectores de la población.

Los tiempos que corren no son para que un Centro Cultural dé una pátina de lustre a sus dirigentes y el posterior busto recordatorio. Ha llegado la hora de pensar la cultura en términos de amplitud de criterios, de participación y de alternativas para la superación, para -como antes decía- la construcción de un proyecto civilizatorio que responda a nuestras auténticas aspiraciones y nos proyecte al lugar que debemos ocupar en la escena mundial. Por nuestra riquísima historia cultural regional y latinoamericana, lo merecemos.

 Reynaldo Uribe

1995

   

(1) Sobre este tema, ver Adolfo Colombres, Manual del Promotor Cultural, Tomo II, Ed. Humanitas-Colihue, Bs. As., 1991.

   

 

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