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LA CULTURA Y LA GESTIÓN CULTURAL

 

(Publicado en la revista Casa Tomada, Nº 5)

 

Aparentemente parece incomprensible que se proyecte el tercer milenio, conservando para la cultura un lugar arcaico y un concepto para la misma vacío de contenidos movilizadores.

La persistencia en limitar a la cultura al arte y el saber científico no es “aparentemente incomprensible”, atenta contra los cimientos propios de la cultura: un patrimonio social y no de eruditos, que se actualiza por medio de la creación y la incorporación selectiva de otros elementos (de otras culturas).

“La cultura comprende todos los conocimientos, creencias, costumbres, usos y hábitos propios de una sociedad determinada” (Colombres, 1990). No es letra muerta, está en constante movimiento desde el momento en que a partir de la reelaboración simbólica de las estructuras materiales, es posible transformar el sistema social, sus prácticas e instituciones, su sentido.

La cultura de un hombre solo no existe. Un individuo no hace ni posee cultura, ya que ésta es el resultado de la actividad desarrollada por una sociedad a través del tiempo; es, por lo tanto, dinámica, cambiante, nunca estática.

Hay también una cultura de masas, que seduce a más de un político o funcionario: la gente, mucha gente, convocada por cualquier motivo que justifique que se aglutine mucha gente; entonces se dice “hacer cultura popular”, con lo cual se entra en un callejón sin salida o en la banalidad. Porque la cultura de masas no es cultura popular -ni ésta es tampoco la difundida por los medios-, sino la fabricada para las masas por el poder político y económico. La cultura popular -por otra parte- es, ni más ni menos que la cultura a secas; como al poder le molesta en tanto no se la puede apropiar para sí, le agrega el mote de “popular” para diferenciarla de la suya (erudita, elitista) y asociarla a la chabacanería. A la verdadera cultura le viene bien el agregado de “popular”, para que no haya confusiones. Ella preserva el conjunto de valores y elementos de su identidad e incorpora nuevos en forma solidaria y compartida para dar respuesta a sus necesidades, las propias y las que surgen de la interacción con otras culturas.

Aquí es cuando comienza a entretejerse la trama social. Cuando comienzan a confluir las acciones de distintos grupos, se está construyendo la ciudad como elemento de pertenencia, sin directrices ni planificadores. “El constructo imaginario que, desde un lugar socio-cultural hagamos de la ciudad, incidirá en nuestro modo de relación y de inscripción en tanto sujetos que vivimos, al menos aparentemente, en un mismo sitio. Pero este sitio, ¿es una mismidad o surge, en todo caso, de una textura múltiple en la que conviven no sólo diferentes grupos sociales, sino diferentes cosmovisiones culturales?. Estas cuestiones resultan centrales a la hora de indagar si todos aquéllos que hemos sido definidos como “rosarinos” (por tener nuestro asentamiento en esta ciudad) somos considerados en un nivel de igualdad ante los derechos básicos” (Fernández - Hachén, 1996) (Subrayados nuestros). Este interrogante no se instala en la sociedad. Por eso lo “aparentemente incomprensible” enunciado al comienzo no es inocente ni ingenuo: se trata de evitar la construcción de la trama social y la conciencia de la identidad en la cultura, al mismo tiempo que extender un manto que oculte -o, al menos, disimule- las diferencias generadas por el poder a partir de lo económico y la permanente violación a los derechos humanos. Para sostener estas desigualdades se desplaza el contenido de la cultura.

La postmodernidad académica propone la “nulificación del hombre, retirándole las condiciones de ente racional, de sujeto filosófico, de protagonista de la historia, de actor político, de juez ético y de creador estético, mientras que las megapotencias financieras y políticas copan calladamente todas estas funciones en nombre de la acumulación de capital. Lo cual no es más que otro avatar de la ilusión más repetidamente desmentida desde el inicio de la Epoca Moderna (o de la civilización): la de que se puede producir un cambio indetenible y progresivo en lo tecnológico y en las fuerzas productivas, manteniendo al mismo tiempo paralizadas historia, economía, política, sociedad y cultura” (Britto García, 1995).

En el terreno de la práctica cotidiana, los esfuerzos por mejorar esta situación -desde la órbita oficial- se enfrentan con contradicciones que podrían evitarse si se partiera de una base orgánica, de un verdadero proyecto cultural (y no de una sumatoria de proyectos aislados entre sí), o de una declaración de principios que sirva de base para la acción. Esta carencia hace inevitable que las estructuras administrativas del área cultura, generalmente permanezcan ajenas a las problemáticas reales de los actores sociales, en tanto éstos dejan de ser verdaderos protagonistas para convertirse en receptores de decisiones ajenas, aún cuando estas decisiones estén guiadas por la mejor buena voluntad (por el voluntarismo mejor intencionado).

 

Administradores, animadores, promotores.

 

Si bien suena mal que pueda administrarse la cultura, o al menos contradictorio con lo que antes hablábamos de cultura, debe interpretarse esta palabra -a falta de otra mejor- como que quien la sustenta (desde los organismos oficiales de cultura) es quien se encarga de la “elaboración, diseño, gestión, ejecución y mantenimiento de las políticas culturales nacionales, regionales, locales, institucionales” (Cornejo Polar, 1985)

Evidentemente ésta es tarea no sólo de una persona sino de un equipo multidisciplinario, y no una sumatoria de especializaciones dispersas sino de profesionales formados para tal fin.

¿Quién está formado, en nuestro país, para este trabajo?

Justamente esta carencia trae como consecuencia que se prefiera como funcionarios de cultura a referentes con intencionalidad política (ya sea por afinidad partidaria o “personajes destacados” del “mundo de la cultura” con algún consenso en la población) antes que a verdaderos profesionales.

En áreas tales como hacienda y finanzas, salud, obras públicas, comercio exterior, informática, es muy difícil que sea designado un actor, escritor o músico. Pero en Cultura puede hacerse cargo un ingeniero, un médico, un artista, un contador, un... No deja de ser coherente, porque mientras para casi todas las áreas en las plataformas partidarias pre-electorales se presentan políticas de acción, para cultura se presentan meros proyectos que apenas si responden a las reivindicaciones de algunos sectores.

Con estos presupuestos, el futuro es previsible. Utilizando como argumento más valedero la amplitud de criterios y su espíritu democrático, se designan animadores culturales.

¿Cuál es su función? “Una actividad permanente y sistemática dirigida a lograr una mayor y mejor participación de las personas y de los grupos en la vida cultural. Participación en la creación de cultura, participación en el uso y disfrute -activo, crítico, creativo- de bienes y servicios culturales, participación en la conducción de la vida cultural de la comunidad, participación -en fin- que lleva en sí misma el germen de una realización personal y la exigencia de un cambio social encaminado hacia la democracia cultural” (Cornejo Polar, 1985) (Subrayados nuestros)

El concepto de animación surgió apenas terminada la segunda guerra mundial en Europa, para colaborar en la reconstrucción de los países destruidos -esta vez desde la educación y el arte-, para distribuir los “bienes culturales” entre un mayor número de personas. Es en Francia a principios de los años sesenta que comienza su consolidación. Nuestra sociedad, en cambio, vive una realidad distinta y necesita hacerse cargo necesariamente de los conceptos que enunciamos al principio de este mismo artículo, y para ello debe valerse de promotores culturales.

No es una mera formalidad, y hasta es posible que se designe en muchos casos de esta manera a los animadores. La promoción cultural apunta a otra cosa. Se trata de impulsar un movimiento que tenga que ver con la conciencia histórica y la identidad de la etnía o clase del grupo en el que se trabaja, y promoviendo la participación, entendiendo que participar es tomar parte, hacerse cargo de una porción de poder. Un promotor no “anima”, sino que hace avanzar la cultura, la amenaza, conspira a su favor, le da impulso para que sea apropiada y asumida para sí por el grupo. “El promotor cultural trabaja en el rescate y desarrollo de la cultura de las grandes mayorías del pueblo. Su función no puede consistir en llevar al opresor la cultura de los oprimidos, ponerla en sus manos y permitir que adornen con ella sus crímenes, que bendigan con ella la explotación y la opresión en general.

El promotor cultural tomará siempre en cuenta la política definida por el grupo popular al que pertenece. Su incorporación a los cuadros del Estado no puede justificar su burocratización. No debe ajustarse a las tristes condiciones creadas por el orden dominante, sino cambiarlas en la medida de sus posibilidades, tomando en cuenta las necesidades y la imagen del mundo de su gente” (Adolfo Colombres, 1991)

 

Conclusión

 

Al principio de esta nota intentamos ubicar a la cultura; luego, las responsabilidades culturales. Nos quedan grandes interrogantes: ¿De qué cultura seguimos hablando de ahora en más? ¿Qué se hace para defender y promover nuestra cultura? ¿Quién lo hace? ¿Será nuestra cultura o también podremos decir nuestras culturas? Por otro lado, la gran carencia de buena parte de los países Latinoamericanos: formación especializada de recursos humanos capaces de hacerse cargo con idoneidad de las tareas necesarias para desarrollar la cultura.

Estos interrogantes generan otros: ¿El status quo aceptará un plan cultural no elaborado en el seno del partido gobernante? ¿Contratará personal que, aunque capacitado, no sea obsecuente con el buró político?

La realidad social necesita respuestas. No sólo alimentarias, de salud y de vivienda: también culturales, y justamente éstas posibilitarán las otras. El tiempo dirá quién asume las vanguardias, quién está preparado para el cambio, quién se niega al cambio declarándose ajeno a su sociedad y su cultura.

Nuestra sociedad, nuestra cultura, no están pendientes del paternalismo oficial. Seguramente serán las encargadas de buscar sus propias respuestas.

 

Reynaldo Uribe

1996

 

 

BIBLIOGRAFIA

 

Adolfo Colombres, Manual del Promotor Cultural, De. Humanitas - Colihue, Bs.As., 1990.

Luis Britto García, “La utopía contraataca”, en revista Casa de las Américas, Nº 201, diciembre de 1995, La Habana, Cuba.

Jorge Cornejo Polar, “La formación de recursos humanos para la acción cultural: el caso de la animación sociocultural”, en Primeras Jornadas Internacionales de Administración Cultural, Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Buenos Aires, 1985

 

 

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