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EL LIBRO: DEL ESCRITOR AL LECTOR

 (Este trabajo  de Reynaldo Uribe fue publicado en el diario La Capital, de Rosario, y fue también parte del fundamento para la gestión de un digno Premio Municipal de Literatura de la Municipalidad de Rosario, año 1989, proyecto presentado ante el H. Concejo Municipal, que no sólo no fue tomado en consideración sino que ni siquiera fue motivo de debate. El mismo fue elaborado por los escritores Ada Donato, Alberto Lagunas, Guillermo Ibáñez y Reynaldo Uribe. Fue reproducido también en la Revista Juglaría Nº 11, setiembre de 2004)

 

 

 

No puedo evitar, al iniciar estar palabras, traer a la memoria al amigo que dedicó su vida a la poesía y a los libros, Héctor Yánover: “Hay que aprender a no asustarse de estar solo y ser, simultáneamente, multitudes. ¿Es eso la lectura? ¿Un tantear en nosotros en busca de una luz que ilumine la escena? ¿Me dieron el lenguaje sólo como una brújula?”

Hace muchos años viene anunciándose el final de los libros, por parte de quienes –justamente por conocerlos- saben de su verdadero valor en el pensamiento del hombre, y de la importancia de la cultura, la educación y el arte en la formación de hombres libres, dispuestos a construir ese mundo justo al que muchos aspiramos.

El primer chivo expiatorio fue la televisión; sin embargo, trasmitió la vida y la obra de grandes escritores del mundo. Las videocaseteras fueron el segundo ángel del Apocalipsis, y gracias a ellas vimos excelentes películas basadas en las grandes obras de la literatura universal. En el auge de las computadoras e internet, quisieron darle la extremaunción al libro y sin embargo gracias a esta nueva tecnología accedemos no sólo al libro sino a sus autores y estudiosos de sus obras, las voces de los escritores, las grandes bibliotecas, los lugares del mundo que dejan de ser lejanos para comprar ese ejemplar que tanto buscamos. En el medio, los menos sutiles intentaron, mediante la quema de libros, acostumbrar a la gente a la falta de acceso al conocimiento, la información y el placer; pero sólo lograron agudizar la imaginación: depósitos de equipajes, entierros, pisos y cielorrasos falsos fueron las nuevas bibliotecas, que reaparecieron a la luz con todo orgullo y esplendor en el regreso de la democracia.

Y allí sigue el libro. Los escritores no escribimos para nosotros mismos; de ser así, no haría falta el libro impreso. Más allá de la vanidad que en mayor o menor grado todos tengamos, los escritores cumplimos una función social. Y el vehículo, el libro, es mucho más que un montón de páginas prolijamente encuadernadas. Por momentos no se valora la tarea de los escritores como a otras ramas del trabajo humano. Sin embargo, ¿cuántas ciencias se han enriquecido en su saber propio gracias al aporte de la literatura? Mencionaré unos pocos pero significativos ejemplos.

Hace más de cuatro mil años se escribieron los textos de El cantar de Gilgamesh, más de mil años antes de los poemas homéricos. Todavía, gracias a Gilgamesh se siguen descubriendo elementos de la Mesopotamia y la cultura sumeria.

Numerosas corrientes del urbanismo y la arquitectura de nuestros días, se proponen descifrar la naturaleza de las ciudades a través de sus múltiples significados, intentando sistematizarlos en un sistema semiológico global, que sea a la vez abierto y unificador. Víctor Hugo adelantó esta idea en Nuestra Señora de París, comparando la arquitectura con la escritura y las ciudades con los libros. En un capítulo aparecido por primera vez en la octava edición de 1832 y que se titula “Esto matará a aquello”, desarrolló su teoría de la arquitectura. Considerant, indignado por esta “sublime tontería resumida en las palabras: esto (el libro) matará a aquello (los edificios)”, dijo: “Su hermoso libro está destinado a vivir en el futuro, y semejantes capítulos no harían honor a su inteligencia”. En cambio, uno de los grandes maestros de la arquitectura moderna, Frank Lloyd Wright, escribió en su testamento: “Víctor Hugo escribió el ensayo más clarificador sobre arquitectura de entre los que hasta ahora han aparecido. Tenía yo 14 años cuando en este capítulo, que habitualmente no figura en las ediciones de Notre Dame, impresionó profundamente mi sensibilidad y la imagen del arte al que iba a consagrar mi vida: la arquitectura”.

Sigmund Freud, en su libro Psicoanálisis del arte, señala que “si bien la esencia de la función artística nos es inaccesible psicológicamente, cabe, sin embargo, indagar los condicionamientos y propósitos que subyacen al trabajo del escritor”. En este libro analiza los personajes de Los hermanos Karamazov de Dostoievsky, una anécdota de la primera infancia de Goethe extraída de Poesía y verdad, y los sueños y delirios descriptos en la novela Gradiva, de W. Jensen. Su estudio lo lleva a la conclusión de que “todos los poetas dignos de este nombre han considerado como su misión verdadera la descripción de la vida psíquica de los hombres, llegando a ser, no pocas veces, precursores de la ciencia psicológica”.

El autor teatral Jorge Mauricio, por su parte, dice: “De modo, entonces, que no es que la obra sea gestora de lo que ocurre sino que es reflejo de lo que acontece. Toda la problemática nacional está, de alguna manera, incorporada a las obras que se han ido desarrollando a través del tiempo. Y esto se verá con más claridad en el futuro que en este mismo momento”.

El libro, a pesar de los siglos, sigue vivo. Un objeto sagrado para muchos y, como tal, permaneciendo en el tiempo, regalándonos su inmortalidad. Siempre al acecho de esos lectores dispuestos a la aventura y el misterio de descifrar al hombre, su mundo y su tiempo.

No es vano el ejercicio del pensamiento y la imaginación. Ya no asustan los fantasmas del terror o el Apocalipsis. El escritor sigue allí. El libro (siempre hay un libro para cada hombre) también sigue allí, desafiando a escépticos y agoreros, regalándoles las palabras de Cesare Pavese: “Llegará un tiempo en que nuestra fe en la poesía dará envidia”.

  

Reynaldo Uribe

1989

 

 

 

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