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(Publicado en la Revista Juglaría - Nº 3 - Marzo de 1981)
CHARLAS CRITICAS EL TEATRO DE APOLO Y LOS DRAMAS CRIOLLOS
Este artículo es necesario. Es un toque a somatén que viene a sonar a tiempo y que alguien, cualquiera, al apercibirse del peligro, tiene derecho a dar, para que la literatura y el arte, amenazados y atacados, se apresten a la defensa. Es preciso llamar la atención de los autores argentinos, de los verdaderos, de los buenos, de los que sienten el arte con dignidad y lo visten con decoro, para que no por descuidos o apatía, caiga sobre ellos la responsabilidad de lo que está sucediendo. La reprobación pasiva, usada hasta ahora nada resuelve; la censura privada, única que se viene practicando, es eficaz, y no se realiza ninguna manifestación en contra de lo que es condenable, absteniéndose de verlo y creyéndolo castigado por estos desdenes individuales y aislados, Nos dirigimos también a la prensa, a los órganos de opinión, que deben velar por la salvación de cuanto suponga en nuestra sociedad adelanto y cultura y defenderlo contra todo aquello que lo ataque o entorpezca. Tenemos la inspiración del teatro nacional y es preciso que se realice. Ese que ha de ser el hijo legítimo de los autores dramáticos argentinos, no puede venir a la vida, si antes no se destierra al bastardo que ocupa su puesto, y usurpa su nombre, para vilipendiarlo y escarnecerlo. Es intolerable lo que sucede y hace falta la protesta y una fórmula práctica que ponga correctivo al daño. Existe en Buenos Aires una compañía de actores. De acróbatas que consideran la declamación y la mímica, como un músculo más que pueda adquirirse con el ejercicio. Y esta compañía ha buscado y ha encontrado fácilmente gentes que le escriban producciones adecuadas a sus limitadísimas facultades intelectuales, ha contratado un teatro, y pone en escena esas obras, que titula nacionales y criollas. Dicho lo anterior, comprenderán los lectores que nos referimos a la titulada compañía de Los Hermanos Podestá, que viene actuando en el teatro de Apolo. Que es esa compañía y ese teatro, los que motivan nuestra denuncia del crimen, del verdadero crimen de lesa literatura cometido por ellos ante el tribunal de la cultura y del buen gusto. Noches pasadas estuvimos presenciando el espectáculo y salimos avergonzados y escandalizados de lo que vimos. Una tristeza profunda se apoderó de nuestro ánimo. Una preocupación nos acometió inmediata, y no nos abandona y constituye la obsesión que impulsa la pluma para escribir estas líneas. Nos imaginábamos, un extranjero, europeo o americano de otras repúblicas, llegando a esta gran ciudad, instalándose con todo el confort apetecible, en cualquiera de nuestros buenos hoteles, complaciéndose al encontrarse en un medio ambiente saturado de civilización y progreso. Al llegar la noche, recorre con la vista los anuncios de los espectáculos públicos, y entre ellos destaca para sus afanes de tourista curioso, el que le ofrece la representación teatral de dramas criollos, es decir, el que le atrae con el/ incentivo de estudiar nuestra literatura dramática propia, genuina, criolla, nacional. No cabe en certidumbre. Entre todos elige el teatro de Apolo. ¡Los Hermanos Podestá! En el primer momento, esta designación de parentesco no acostumbrada en la dramática, le extraña y le sorprende. Sin saber por qué, acuerda la obra de los Goncourt Les Fréres Zingano (los Hermanos Zingano), historia conmovedora de dos clowns, y recuerda todas esas familias malabaristas, funambuleras, equilibristas, que llenan los carteles de los circos con sus nombres enrevesados y la detallada descripción de sus habilidades y arriesgados ejercicios de agilidad, fuerza o destreza. Pero bien pronto, desecha toda desconfianza. “¡No es posible!” —exclama— “debe tratarse de actores, de verdaderos actores y de dramas, de obras escritas por los autores dramáticos del país. Aquí lo dice. Dramas criollos. En un centro de población tan culto como Buenos Aires, desatino sería suponer mistificaciones groseras de tal calibre”. Y nuestro extranjero, va y ocupa su localidad en el coliseo. No se ha levantado todavía el telón. La sala, los palcos, las galerías se van llenando. De una parte a otra se cruzan voces, gritos y carcajadas. Gran impaciencia por que se levante el telón, manifestada ruidosamente con bastonazos y silbidos. Por último, a los primeros compases de la orquesta, una salva de aplausos. Otra al dar más luz, y luego nuestro tourista concentra toda su atención en el juego escénico de actores y actrices, en el argumento de la obra, en lo que se canta y en lo que se dice. Queda estupefacto antes de que esté mediada la representación. Le parece un sueño aquello que está viendo y de ser aquello la realidad, es ficción y cosa soñada lo que antes de entrar allí había recreado sus ojos, la Avenida de Mayo, la calle Florida, las lujosas tiendas, los elegantes carruajes, las rotisseries y hoteles, los caballos de raza, las porteñas vestidas con arreglo al último modelo, las librería en cuyas vidrieras estaban las últimas obras publicadas en Europa, las obras de arte, los palacios ¡todo! ¿Qué estaba presenciando? Un espectáculo de barraca de feria. Obras como Juan Moreira y Juan Cuello, en que se endiosan como víctimas a los gauchos alzados contra la autoridad so pretexto de hacer odiosa la tiranía, obras en que se exaltan las malas pasiones del populacho, fingiendo defender las virtudes del verdadero pueblo, y otras en que el autor, busca sus efectos y quiere ganar los aplausos y el dinero, envolviéndose en la bandera argentina, que no debe servir para convertirla en objeto de lucro en las tablas, y todo ello, representado por verdaderos artistas de circo, ignorantes de lo que es dicción y acción teatral, torpes de palabra y de movimientos, de gestos y actitudes, afanándose en exagerar los andares gauchescos, y el acento del paisanaje, en hacer de ello una odiosa caricatura, así como de los tipos del gringo y del gallego, ridiculizados hasta la saciedad. Y sale de allí el extranjero, recibiendo empujones y codazos y vuelve a su hotel y le parece como que despierta de una pesadilla. Pero no. El hecho es cierto ¡y luego nos quejamos! Lo que ha presenciado tiene derecho a referirlo y no podemos extrañarnos, no podemos indignarnos siquiera, cuando ese visitante, escribe sus impresiones de viaje y narra lo que ha visto. No podemos decirle, que esos dramas criollos, no son de nuestros autores dramáticos, ni que ese teatro de Apolo no es nuestro teatro nacional. Toleramos que estas cosas se digan antes entre nosotros mismos. Este artículo era, por consiguiente, necesario, urgente. Lo repetimos. Es un toque a somatén. ¡Autores, a defenderse! y a defender nuestra cultura literaria.
Esta nota fue publicada el 30 de setiembre de 1901 por la revista La Ilustración Sudamericana. Ya en el número anterior de Juglaría reproducimos un par de críticas que esta revista hizo a los hermanos Podestá, y este artículo es sumamente importante porque es mucho más que una crítica. Es toda una postura frente al teatro nacional de la ideología de la época, empecinada en hacer del nuestro un país “a la europea”. Dice Félix Luna: “El sistema exclusivista de los grupos dirigentes, con su secuela de fraude electoral y la falsificación del contenido representativo de las instituciones, empobreció las ideas de la oligarquía, justificó su egoísmo y tendió a hacerle confundir sus propios intereses con los intereses permanentes de la nación”. En ese entonces nuestro país económicamente era la ciudad de Buenos Aires, y ésta en carácter de socia menor del Imperio Británico. Y aunque por un lado la fuente de recursos de la Argentina entera era el sector agropecuario, su extensa y rica pampa húmeda, hubo una marginación del interior en términos de apoyo económico para el desarrollo. He aquí entonces el comportamiento económico: nuestra clase dirigente socia de los capitales ingleses y el resto de la sociedad engrosando esos capitales. Como consecuencia de la faz económica surge el otro espejismo, el que explica el artículo de La Ilustración Sudamericana: Francia. En ese momento, el francés era el modelo ideal y perfecto de cultura para elegidos. Se trataba entonces de inventar una ciudad (Bs. As.) a la Europea, imitando absolutamente todo: sus modas, sus costumbres, su arte. Que la tradición francesa en ese aspecto no tenía absolutamente nada que ver con la nuestra, era un asunto que no contaba. Había que vivir a la europea. Había que tener una ciudad que reflejara desde el punto de vista arquitectónico la grandilocuencia y el poder, sobre todo el carácter eterno del poder y las instituciones. Este cosmopolitismo logró por un lado sus objetivos: Buenos Aires era la frontera cultural de Europa en el continente americano. Pero por otro lado le negó todos los valores culturales al resto del país. Y no es solamente una cuestión de capital e interior: la clase dirigente de la época jamás consideró válidas nuestras propias realizaciones culturales, las criollas. Eran consideradas bastardas, y sin embargo a fuerza de trabajo y paciencia se estaban elaborando desde bastante tiempo antes de 1880. Los argentinos no podían crear. La Cultura Nacional se pretendía que fuera la que copiaba rastreramente la cultura europea. “Aspectos negativos: el más importante fue la destrucción del país real, con todas sus facetas y contradicciones, para crear uno nuevo a imagen y semejanza de Europa. Todos los recursos aplicados a este objetivo encerraban en el fondo el espíritu de ‘no economizar sangre de gaucho’ que formulara el creador del polo dialéctico ‘civilización o barbarie’. La ruptura de los valores culturales y espirituales forzó una homogeneización a partir de nuevos modelos prescindiendo de los preexistentes. El famoso tríptico de apoyo: capitales ingleses, cultura francesa, mano de obra italiana, pretendía una nueva síntesis donde el criollo jugaba un rol pasivo como cultura superada y destinada a desaparecer” (Ramón Gutiérrez, arquitecto, historiador). La generación del 80 se propuso un modelo y lo logró, aunque le falló el carácter de eternidad. Pero gracias a los payasos que lo único que saben es decir sandeces, se conservó una línea de desarrollo de nuestro teatro y nuestra cultura. El trabajo de los hermanos Podestá fue un trabajo serio, elaborado, realizado con mucho cariño y amor por el teatro, y sobre todo, por ese público que por gracia de Dios no tuvo elementos para dejarse llevar por el encandilamiento europeo. Nuestra tradición cultural empezó antes de los hermanos Podestá y hay mucho por hacer todavía. Esos años negros del liberalismo en la Argentina de principios de siglo fueron un freno muy poderoso. De su “limbo europeo” no quedó nada para enriquecernos salvo algunos mamotretos edilicios. De los Podestá, un ejemplo de coherencia y de trabajo. Que nos sirva de experiencia todo esto y seamos cautelosos con las nuevas generaciones del 80: las “homogenizaciones”, los modelos universales.
Reynaldo Uribe 1981
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