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INTEGRACION CULTURAL Y MERCOSUR

                                                                                   

  (Publicado en Revista Casa Tomada, Nº 1, 1995)

 

Los presidentes de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay suscribieron en Asunción, el 26 de mayo de 1991, el Mercado Común del Sur, MERCOSUR, que comenzó a funcionar a principios de este año.

El objetivo fundamental de este tratado es establecer ciertas pautas que apunten a lograr una integración económica entre los países, a través de la libre circulación de los productos, supresión de derechos de aduanas, y otras medidas que  con la creación de 11 Grupos de Trabajo permanentemente se estudian y elaboran.

No caben dudas que uno de los factores que ha permitido a los gobiernos firmantes del tratado asumir una decisión política de semejante magnitud, es el retorno a la vida democrática en estos países. Democracia que se ha conseguido gracias a un proceso cultural en los pueblos, que han decidido ser protagonistas de su propio destino de país por medio de la participación, aceptando el pluralismo y el discenso,  abandonando prácticas paternalistas y descubriendo que las mismas terminan siendo autoritarias para mantenerse en el poder y violadoras de los más elementales derechos humanos para mantener el autoritarismo. Es, evidentemente, un cambio cultural de gran envergadura el que permitió cambiar medio siglo de gobiernos de facto, el que permitió que cuatro países se sentaran en la mesa de conversaciones y empiecen a generar proyectos comunes.

Lo que no se explica es porqué entre los puntos que dieron origen al MERCOSUR no se consideró la integración cultural, siendo que el desarrollo de una auténtica integración no puede concebirse sin una base cultural propia, común a los pueblos que se proponen una integración económica. Recién en marzo de 1995 se reunieron los Ministros y Secretarios de Cultura de los cuatro países, pero no para hablar de integración sino de “intercambio de bienes e industrias culturales”. En resumen, la cultura como una rama más de la economía.

¿Sobre qué pilares se propondrá la integración económica? ¿Sobre los de nuestras verdaderas necesidades, nuestras verdaderas realidades sociales, sobre el estado de nuestras economías, o sobre modelos europeos o norteamericanos? ¿Aplicaremos recetas o elaboraremos un verdadero proyecto de integración en el que las fronteras signifiquen algo más o algo menos que el mero transporte de mercancías?

América Latina, decía Andrés Bello, tiene un solo camino: su propio camino. Neruda cantaba: la libertad de América Latina será hija de nuestros hechos y de nuestros pensamientos. No debe temerse al significado de que cada pueblo descubra el valor de su propia creación, en definitiva los países del primer mundo han crecido y se han desarrollado sobre su propia cultura. José Martí, en “Nuestra América”, texto publicado en “El partido liberal”, México, el 30 de enero de 1891, escribía: “Pues el Washington que les hizo esta tierra ¿se fue a vivir con los ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra propia?”. Sólo así, entendiendo el mensaje de la autenticidad y del compromiso creador con nuestra propia cultura, se podrán aprovechar y valorar las experiencias de la historia de otros pueblos, aún las del campo económico.

El ideario americano ha visto, a través de los siglos, como un sueño la unidad del continente. Simón Bolívar desde Londres en 1810 proponía “invitar a todos los pueblos de América a que se unan en Confederación”; Juan Egaña desde Santiago de Chile en 1811 excitaba a los gobiernos americanos para que “se reúnan en un Congreso de Diputados, donde, ya sea en clase de Confederación o en una Alianza perpetua y sostenida por los más indisolubles vínculos, o de cualquier otro modo mutuamente ventajoso, pueda establecerse un Derecho Público de América, o una Soberanía Nacional o Confederada, o cualquier otra especie de Tratado que sin derogar la independencia interior y Municipal, se forme un Sistema General de Unión, concordia y mutuas relaciones”; José Cecilio del Valle, desde las columnas del periódico guatemalteco “El amigo de la patria” en 1812 convocaba a los países del continente para establecer una solidaridad y una Federación de todas sus colonias; Bolívar nuevamente en 1815 plantea en la Carta de Jamaica la necesidad de “tener un solo gobierno que confederase a los distintos Estados que hayan de formarse” e insiste en 1822, ante los gobiernos de México, Perú, Chile y Buenos Aires para que se constituya una Confederación y propone reunir en Panamá una Asamblea de Plenipotenciarios “que nos sirviese de consejo en los grandes conflictos, de punto de contacto en los peligros comunes, de fiel intérprete en los tratados públicos cuando ocurran dificultades, y de conciliador, en fin, de nuestras diferencias”. Esta tendencia hacia la unidad fecunda y creadora adquiere en los momentos actuales los caracteres de un verdadero movimiento de emancipación, semejante al que cumplió hace siglo y medio en América para obtener la libertad política. Y no podemos dejar de recordar a José de San Martín, un verdadero argentino al que hemos confinado a un feriado nacional los 17 de agosto, que escribió en 1825: “Yo no tengo la libertad sino para elegir los medios de contribuir a esta grande obra, porque tiempo ha que no me pertenezco a mí mismo, sino a la causa del Continente Americano”.

Hoy comienza a vislumbrarse una concreción de esas que creímos utopías. Pero este esfuerzo necesita, más que de reuniones burocráticas, del sustento de su propia cultura (la de los que luchan, sufren y se esfuerzan para sobrevivir en la historia y por crear valores culturales propios y auténticos), para debatir con los países poderosos de igual a igual, con el peso de nuestra propia historia y de nuestra realidad cotidiana, única manera efectiva de constituir un verdadero factor de equilibrio en las relaciones exteriores del hemisferio, correspondiente con una necesidad sentida y querida por todos los pueblos del área.

Porque la integración por el MERCOSUR no significa solamente para los países que lo suscriben, sino también para el resto del mundo. Ya Sjostedt advertía en 1977, en relación a la Comunidad Económica Europea, que la evolución progresiva de un nuevo actor internacional es un proceso de extrema complejidad, influido por las interacciones de los Estados: aquéllos comprometidos en la alianza y los que tienen que ver con la integración al mundo exterior.

El MERCOSUR no es, no puede ser un proyecto de integración entre países, si sólo se remite a un convenio entre empresas para ampliar su mercado consumidor. Una verdadera integración debe necesariamente incluir a los simplemente catalogados como consumidores y las Instituciones intermedias que los representan en los distintos aspectos de la vida social, y formar un todo que defina una política cultural propia (del MERCOSUR) y ajena (frente al resto del mundo). Esta política cultural (que incluye las pautas económicas en tanto la cultura conjuga los valores espirituales, materiales e intelectuales acumulados por el hombre viviendo en sociedad a través de su historia) no puede ser una definición de políticos, gobernantes y empresarios, porque ellos sólo pueden lograr acuerdos jurídicos y de transacciones al más primitivo estilo cuyas consecuencias futuras ni siquiera están previstas. “Bien lo saben, ahora, las Corporaciones Multinacionales que planifican sus negocios en escala latinoamericana y manejan a su antojo los mecanismos de la integración” (Eduardo Galeano)

Si hablamos de integración y MERCOSUR, no puede simplificarse la relación en un acuerdo superestructural que mantenga marginada la participación de las comunidades en su búsqueda de resolución de problemas comunes. La sociedad argentina a través de sus Instituciones Intermedias, debe comenzar a debatir estas cuestiones porque se corre el riesgo de que los aparentes beneficios del tratado se conviertan en una historia ajena que vemos pasar frente a nuestras narices.

El MERCOSUR no puede ser un gigante con un solo ojo (el económico), por fiero que parezca, porque nunca falta un pueblo, o cuatro, que destruyendo ese solo ojo hacen caer al gigante. O puede ocurrir que venga un Ulises de afuera, arrastrando la gloria de otras batallas ganadas, y descubra que la falla del MERCOSUR es como la de Polifemo y, con un solo golpe certero (en el Mercado de Valores, por ejemplo) haga caer a un gigante que recién entonces descubra que era como un castillo de naipes.

La cultura y la integración cultural, sin duda alguna, son el cerebro y el ojo que le falta al MERCOSUR. De todos nosotros depende que lo tengan.

 

Reynaldo Uribe

1995

 

 

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