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JAVIER HARAUD:

POETA QUE NO SE RÍE DE LA MUERTE

 

(Publicado en Revista Juglaría - Nº 13 - Junio de 2006)

  

No voy a decir nada nuevo sobre la poesía de Javier Heraud. José Miguel Oviedo, Jorge Cornejo Polar, Antonio Cisneros, Gerardo Goloboff, Washington Delgado y Sebastián Salazar Bondy, entre otros (pero particularmente ellos), han desmenuzado verso a verso la obra de este poeta con el esmero y atención que la obra amerita.

A los 18 años publicó El río (1960), que contiene un largo poema (justamente el que da título al libro) y otros cuatro, más breves: “Una piedra”, “Solo”, “Mi casa” y “Unas cosas”. El lenguaje es sencillo, lejano a todo rebuscamiento o retórica inútil: no se esconde tras las palabras sino que saca lo mejor de ellas para desnudar su propia luminosidad.

El libro comienza con un epígrafe de Antonio Machado: “la vida baja como un ancho río”, el cual preanuncia el objeto central de su búsqueda creativa: la vida. Búsqueda que en lo literario no hace más que reafirmar su actitud personal frente al mundo. La famosa “coherencia”, de la que tanto se ha hablado y se habla, como si escritor y ser humano fueran dos posturas que se acomodan según el interlocutor.

El río y el paisaje que recorre, el río-vida, no son más que su íntima visión del mundo: el que lo rodea y el que desea.

A El río siguió El viaje (1961). El mismo consta de 3 partes: “El viaje del descanso”, “Las estaciones”, y “Yo no me río de la muerte”.

En esta obra se nota un avance sobre cuestiones observadas en El río, incorporándose la problemática duda acerca de la certeza del tiempo soñado y el tiempo vivido, el tiempo imaginado como posible y el real, la inseguridad que provoca el malestar al no encontrar compatibles estos tiempos, cuando bien podrían ser uno; porque se siente íntimamente comprometido con la realidad, con las miserias de la sociedad. Otra vez la coherencia.

En octubre de 1961 comienza un trabajo de escritura con el poeta César Calvo: Ensayo a dos voces. Apenas pudieron concretar el primer poema, que, al decir de Antonio Cisneros, es “un hermoso documento de amor a la poesía”.

Sólo los dos títulos mencionados publicó Heraud en vida. Estación reunida es un libro póstumo. En él agrupó, a su vez, dos libros: “Las sombras y los días”, y “En espera del otoño”.

Esta obra obtuvo el Primer Premio en los Juegos Florales convocados por la Federación Universitaria de San Marcos, con un jurado integrado por Javier Sologuren, Washington Delgado, Gustavo Valcárcel, Edgardo Pérez Luna y Antonio Corchera.

En este libro se permite dejar entrar la luz en la desesperanza. Es más notoria su preocupación social, la solidaridad, el goce de la naturaleza y la belleza del mundo.

De no haber muerto, aquí tal vez hubiera empezado una nueva poesía, preanunciada en “Arte poética”, o en poema “Entierro del verano”: “Empieza el otoño y dulces vientos nos despeinan, / nos hacen correr detrás / de sombras pasajeras, / recogemos hojas amarillas / y consolamos troncos, / parques, bancas, plazuelas. / El otoño nos sacude las gargantas, / nos sacude de los días / y nos ofrece variadísimos caminos para andar”. Jorge Cornejo Polar observa agudamente: “pero por otro lado estos mismos versos aluden al otoño como a algo mucho más grande, trascendente y actuante que una simple parte del año. Es más bien como una estación de la vida que habrá de colmar con plenitud la espera del poeta y de los hombres todos, pero no es posible aprehenderla cabal y exhaustivamente a través de las palabras de Heraud. Cabe por eso preguntarse si en esta nueva dimensión el otoño de Heraud será la felicidad, la realización total de las posibilidades humanas, la consumación de lo larga y ardientemente deseado, o tal vez la instalación de la justicia sobre la tierra, el triunfo del ideal, la abolición del mal. Todo ello y mucho más tenemos derecho a pensar porque el símbolo de Heraud, fiel a su naturaleza literaria, sólo alude vaga y difusamente, sin precisión, a la realidad que se quiere expresar a través de un algo concreto, en este caso el otoño”.

 

Ojalá estas pocas palabras previas incentiven al lector de esta nota a adentrarse en la poesía de Javier Heraud. No he visto sus libros en las librerías; cuento con una vieja edición peruana de sus obras completas, realizada antes del Plan Cóndor y la intromisión en nuestra vida de Videla, Martínez de Hoz, los Chicago Boys y la alcahueta clase dirigente y política argentina. Pero internet está más allá de Bill Gates y puede ampliarse la información para el lector ávido de belleza.

 

Quiero agregar, para terminar, que el poeta que nos ocupa nació en Lima, Miraflores, el 19 de enero de 1942. Comenzó estudiando Derecho por deseo de su padre, pero se dedicó a las letras por deseo propio. Encontró en este lugar el mejor sitio para hablar del mundo deseado, y decir con más fuerza lo que difícilmente pudo sostener con un viejo fusil que apenas sabía manejar.

Ingresó al Movimiento Social Progresista en 1961 y lo abandonó al año siguiente. Decía en su carta de renuncia: “Es el planteamiento falso de este llamado ‘socialismo humanista’ lo que está condicionando toda la marcha del Movimiento y lo lleva a una praxis equivocada. Yo no creo que sea suficiente llamarse revolucionario para serlo…  De ahora en adelante, me enrumbaré por la ruta definitiva donde brilla esplendorosa el alba de la humanidad.”

En ese año viajó a Rusia, conoció la Plaza Roja y la tumba de Lenin, visitas testimoniadas en sus poemas.

Viajó a Cuba en 1962, becado para estudiar cinematografía. Ese mismo año se matriculó para estudiar literatura en la Universidad de La Habana. Recorrió Camagüey, Santiago de Cuba, Santa Clara, escaló la Sierra Maestra, escenario donde años antes se desarrollara la guerra de guerrillas. Al producirse un golpe de estado en Perú, dice: “el destino momentáneo de América”, y escribe a su madre: “vivo ahora en un país libre, y tu en un país explotado.”

En este período escribe con el seudónimo Rodrigo Machado, utilizado en su militancia en el Ejército de Liberación Nacional del Perú.

Sólo soy / un hombre triste / que agota sus palabras”, decía en el poema “Epílogo” de su segundo libro; Sebastián Salazar Bondy agrega: “agotadas las palabras, le quedaba la vida”.

En 1963 regresa a su patria clandestinamente y se incorpora a la lucha guerrillera. El 15 de mayo es asesinado en una canoa en el río Madre de Dios, en cercanías a la ciudad de Puerto Maldonado. Su compañero había enarbolado una bandera blanca de rendición, pero un capitán gritó: “fuego, hay que rematarlos” (ante testigos de la población) y les dispararon con balas explosivas que destruyeron sus cuerpos.

Javier tenía 21 años.

 

Reynaldo Uribe

2006

 

 

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