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¿QUIÉN PLANIFICA LA ACTIVIDAD CULTURAL?

 

(Publicado en Revista Juglaría Nº 1 - Octubre de 1979)

 

En los comienzos de las grandes discusiones sobre planificación, las diferencias entre las distintas posturas eran bastante profundas. Para algunos significaba socialismo y para otros era perfectamente compatible con una ideología democrática.

Pero hace ya unos cuantos años que se resolvió ese problema y la preocupación de nuestros días es cómo mejorar la planificación, cómo superarla día a día: se trata de un problema de método. Porque ya nadie duda de la importancia y la necesidad de la planificación; en todas las disciplinas y a todos los niveles se busca modelar deliberadamente el futuro por medio del poder de la razón. Pero hay un aspecto de la vida del hombre y la sociedad que se desarrolla cada vez más anárquicamente: las políticas culturales.

Esto no toma de sorpresa a nadie, ya que estamos acostumbrados a ver que quienes son responsables de administrar la cultura buscan a través de ello: su propio prestigio personal, acumular una serie de actos que no se sabe muy bien para qué fueron realizados, convertirse en una mera agencia de contratación de espectáculos o se programan actividades con el único y pobre objetivo de que atraigan público.

Estas cuatro premisas parece ser que son únicas para aquellos incapaces que de pronto se encontraron con que tienen puesto un traje que les queda grande y no saben muy bien cómo llevarlo.

Están los otros, capaces, que realizan un trabajo serio, llenos de nuevas inquietudes y de voluntad para la tarea. Pero que les falta el apoyo necesario para concretar los planes trazados.

En ambos casos, hay decisiones políticas por encima de las personas.

Es hora de encarar el tema con la seriedad y la responsabilidad que se merece. Así como se investiga, se estudia y se planifica en todos los órdenes (economía, educación, sanidad, etc.), así también debe hacerse con las políticas culturales. A la vista están las consecuencias de no tomar criterios coherentes en la actividad cultural.

Es necesario comprender el tremendo valor que tienen los dos elementos prioritarios de toda planificación: la razón y la previsión, que son el puente hacia el futuro; futuro que se impone al presente a través de la acción. Esta acción o conjunto de medios deben llevar a la concreción de objetivos, y estos objetivos habrán sido fijados de antemano de acuerdo a un análisis y a una investigación racional de la realidad, de una realidad que no es estática sino dinámica como el hombre que la conforma, y que incluye –para su posible y única comprensión- su propio pasado (sus raíces, su historia) y sus rasgos de identidad cultural.

La planificación de la cultura es una necesidad histórica y además universal. Esto a simple vista parece un juicio algo apresurado, pero ahora veremos que no es así.

La planificación es un arma para el desarrollo. ¿Cómo puede nuestra sociedad desarrollarse al máximo, si no lo hace desde todo punto de vista?

Si analizamos la historia de la humanidad, vemos que el desarrollo de la misma se ha dado en forma desigual y combinada. Esto es, que hay distintas proporciones en el desarrollo de la vida social, y hay una coordinación entre estos elementos desarrollados en forma desigual a lo largo del proceso.

Las primeras observaciones sobre este fenómeno fueron realizadas hace más de 2.000 años por historiadores y filósofos griegos, y continuadas a lo largo del tiempo.

Estas investigaciones nos han permitido notar que el factor más importante del progreso humano es la transformación de la naturaleza por el hombre, la evolución de los medios y las relaciones de producción. A través de la historia vemos que cada paso hacia adelante de un sector de la sociedad o de una sociedad respecto de otras, responde a una evolución de las fuerzas productivas de dicho sector o de dicha sociedad. No es parejo en todas las sociedades porque cada una de ellas tiene sus características naturales e históricas, sus pautas culturales.

Así, notamos que hay etapas en la vida de cada sociedad; y en un mismo período de tiempo no todas las sociedades tienen el mismo grado de desarrollo; además dentro de cada etapa hay distintas proporciones de evolución de cada aspecto de esa sociedad: la economía, las instituciones, la cultura, etc.

Las relaciones entre las distintas sociedades y estas variaciones en la gran cantidad de factores en movimiento en cada sociedad, hacen que se produzca un fenómeno: las características de una etapa más baja del desarrollo social se combinan con las de otra superior. Estas combinaciones no se manejan con reglas, sufren oscilaciones tales como para producir un salto cualitativo en la evolución social y capacitar a pueblos antiguamente atrasados para superar por un cierto tiempo a los más avanzados. De esta manera se produce un desarrollo donde se van combinando diferentes niveles de evolución. Es obvio que estas características de desigualdad y combinación no actúan a un mismo nivel. La desigualdad en el desarrollo precede cualquier combinación de elementos desarrollados desproporcionalmente. La combinación crece y depende de la desigualdad, y a su vez ésta actúa sobre aquélla e influye en su funcionamiento.

Ejemplos de todo esto tenemos muchos y muy claros: la aparición del arado, el descubrimiento de América, la revolución industrial, la invención de la TV, las relaciones entre una pareja, etc.

Por lo expuesto podemos deducir que estos dos elementos que describimos marcan una situación de equilibrio y desarrollo en cada sociedad y en todas entre sí.

Ahora bien, utilizando todos los elementos que hemos mencionado, volvamos al tema específico que nos ocupa.

Decíamos que cuando se habla de cultura, se siente un profundo vacío de proyectos y de responsables de elaborar y garantizar planes de acción. Esta necesidad es la que se debe satisfacer, junto a la de formar recursos humanos capaces de ser empleados en la administración general y dirección de la gestión cultural, incluyendo en esta tarea el amplio apoyo a la creación individual y colectiva. Es esta la única garantía de que se logre un equilibrio entre el desarrollo material y el desarrollo espiritual de la sociedad y el hombre.

A lo largo de los miles de años de la historia de la humanidad, siempre se ha dado este equilibrio como una característica ineludible. El hombre necesita compensar su actividad material con otra espiritual, porque así ha ido conformando su sociedad y su cultura a través del tiempo. El mejoramiento y la evolución de la técnica se realizan para servicio de la humanidad, y éstos son los tiempos en que la técnica ha alcanzado máximos avances en períodos muy cortos, el mundo entero parece vivir una carrera “tecnicista”. Esto es correcto en tanto sirve para mejorar el nivel de vida, pero como lo cultural forma parte natural de la vida del hombre, es imprescindible que toda la actividad se desarrolle en forma conjunta entre todas las disciplinas que conforman el ser y el hacer del hombre.

Cuando España llega a América, chocan dos civilizaciones: triunfa la que poseía la pólvora e impone su lengua y su cultura por la fuerza. Hoy la globalización moderniza sus técnicas: el lenguaje, la moda, el consumo, la falta de valores, el individualismo que sobrevive a las redes sociales, el estímulo a la corrupción, el discurso del “terrorismo internacional” (que en realidad ejercen los mismos dueños del discurso), la entrega de los países socavando su cultura. Cuando los países son culturalmente arraigados y definidos, siempre está la alternativa de las armas, como ocurre con los países islámicos.

De ahí la importancia de dedicar todos los esfuerzos para consolidar la cultura; ésta, en todo caso, definirá la economía, la educación, la contención social.

La planificación cultural es una tarea que debe realizarse a corto plazo, con la seriedad y capacidad que requiere la tremenda magnitud del tema; esta es una tarea además para la que se necesita formar una cantidad de individuos que con una orientación racional y una clara visión de los objetivos totales de la sociedad, en función de futuro elabore estrategias para la acción. Y cuando se habla de futuro no se habla del año 2000 en abstracto, sino en el de hoy, el de mañana y en todos los años desde aquí hasta el 2000 y más allá; comenzar a proyectarnos culturalmente desde nuestro proyecto propio de país hacia el mañana, y no desde la fría y húmeda oficina pública de un político pasajero, aunque éste sea el mismo Presidente.

 Reynaldo Uribe 

 

 

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