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PROLOGO AL LIBRO RIBERAS DEL EXILIO

 

 

 

Bajo el título de Riberas del exilio, Reynaldo H. Uribe nos ofrece un valioso volumen antológico de poemas originariamente incluidos en sus anteriores libros, sobre todo en: De espejos, poemas y suicidios (1989), Quién conspira y otros poemas (1993) y Ciudad sin sueño (1996), más algunos textos nuevos, no publicados antes, lo que nos abre la posibilidad de analizar esta etapa esencial de su periplo creador, señalando los elementos constantes de su temática y de sus recursos expresivos aplicados en la última década.

Significativo, como punto de partida para una lectura crítica que pretenda sobre todo aislar los rasgos invariantes de su lenguaje poético, es el poema “Arte poética” que, originariamente ofrecida en Ciudad sin sueño, deja expresas las motivaciones más profundas que lo han llevado a escribir. Ante todo, reitera varias veces su rechazo de una calificación lúdica de sus textos, al afirmar: “yo no juego con...”, enumerando en cada estrofa los motivos centrales de su creación: la muerte, el exilio en la soledad, la locura, los gatos, los espejos, los rostros en ellos reflejados, los sueños, las noches compartidas con la soledad y el alcohol, y las antiguas amantes, la mujer inasible y real conformada por todas las mujeres de las que recuerda su rostro en el espejo. En definitiva, como síntesis de todo ello, “no juego conmigo”.

Como afirmación sustentada en contrapartida a una supuesta actitud lúdica, expresa con firmeza:

“Yo llevo tranquilamente / mi alma en un plato / al almuerzo de los años futuros, / por encima de burlas y amenazas, / como lo hiciera Maiacovsky / cuando eligió su corazón / como último refugio”, o cómo reelabora el concepto al final del poema: “por encima de burlas y amenazas / yo llevo tranquilamente mi alma en un plato. / Sin juegos. Cada uno en su lugar / disfruta el almuerzo / de los años futuros.”

Una clara definición de su actitud como escritor en función de dar, de servir a sus lectores, a los otros, reflejando la experiencia más profunda de su yo, con la sinceridad de su alma transformada en palabras, con indudable resonancia espiritual.

En el poema “Absolutamente cortinas”, que retoma del volumen De Espejos, Poemas y Suicidios, define a la soledad:

“Cuando la soledad / es como caer por el brocal de un pozo / húmedo, oscuro, sin orillas ni contornos, / sin puntos de referencia desde donde / pueda tomarse conciencia de la existencia de uno mismo, / porque uno mismo / no es más que un vértigo de situaciones límites / que eliminan todo viso de realidad, / todo parámetro de locura /o cualquier intento elucubrado de suicidio”.

Enseguida lo entronca con la poesía, introduciendo en la misma expresión, la imagen esencial del espejo:

“Cuando la realidad / toca el filo de la poesía / en su transgresión de tiempos y de espacios, / en su desesperanzada migración a los pantanos / que no son más ni menos que los que se pisan / de este lado del espejo.”

Y cierra el poema con una desesperanzada imagen de la soledad, llevada a un clímax apocalíptico, descripta siempre bajo la acertada anáfora del “cuando” que abre cada estrofa:

“Cuando el apocalipsis ha obtenido su clímax / siempre / siempre hay un espejo que se empaña / siempre hay un vidrio que se cubre de vapores / y deja nuestro rostro solo / abandonado / incapaz de mirarse a sí mismo / incapaz de reconocerse en los rostros cotidianos.”

En el poema que diera título al libro De espejos, Poemas y Suicidios, otro texto recorrido de una dolorosa desesperanza; tras señalar que “basta un pequeño olvido / un instante de distracción, / y las agujas del reloj / inician / un tiempo propio para cada gesto. / Entonces / los espejos no sirven para reflejarnos: / es nuestro rostro que repite la figura / unidimensional y fría / dibujada en el vidrio”, señala que puede nacer la poesía (“puede multiplicarse nuestra boca / para llenar el espacio de sonidos, pueden superponerse nuestros ojos, / ubicarse en el medio de la frente / para competir con Júpiter / sobre el dominio del aire y del cielo”) (“Es posible que los pómulos / acompañen la violencia volcánica / acumulada / contra uno mismo / contra el propio silencio.”) O también afirma que “el suicidio tiene cabida, /se puede repetir la figura neutral / y justificar la impasividad del espejo”.

Y concluye con esta imagen casi sarcástica del hombre frente al espejo (o frente a sí mismo):

“Todo es probable tratándose de espejos, / sólo ellos desnudan nuestro rostro: / sospechoso cómplice de uno mismo / con la palidez indiferente del idiota / cuando acaba de orinarse en público.”

Un poema que oficia de síntesis de los varios motivos del poeta y de su imagen del hombre, sobre todo como poeta, es el que titula “Variaciones sobre un mismo tema”, en la brevedad de sus expresiones:

“Un hombre. // Entonces / el amor, / la soledad y la muerte, / los espejos. // Palabras que giran / sin sentido / y sin embargo / construyen y demuelen / una torre de Babel / sobre sus pasos.”

La imagen poética de los gatos aparece en el “Arte poética” como el símbolo de su tendencia a recorrer en las horas nocturnas todo el mundo de sus sueños, de sus recuerdos, de sus rostros retornantes en sus vigilias en soledad:

“Reconozco también que hay horas / que transcurren sigilosas, a tientas, / que caminan de sueño en sueño / de espejo en espejo, de rostro en rostro, / y recorren el vasto mundo por los techos / como gatos. Tal vez sea gato algunas horas / y la muerte me conceda ese deseo.”... “...tanta ilusión guardada en la memoria / tanto amor que no cabe en la palabra amor / tanto placer que no cabe en mi cuerpo / tantas mujeres que al fin fueron / la mujer / que compartirá locura sueños abismo / espejos noches por los techos / mujer inasible y real / conformada por todas las mujeres / de las que recuerde su rostros / en el espejo...”

Con una similar connotación poética reaparece la imagen de los gatos en “Insomnio”, identificándolos como los fantasmas de la noche:

“Los fantasmas de la noche / escalan el silencio / como gatos / y se acercan a mi cuarto / como un absurdo canto de borrachos...”

Y la retoma en su significación profunda de recuerdos que rondan en la noche como sombras chinescas, como sombras oníricas:

“Mitos y epopeyas rondan el gesto / sombras chinescas sombras de los gatos / sombras de los sueños.”

Pero dominante leit motiv en Uribe es el recuerdo de la mujer como síntesis de la evocación, de las varias mujeres que pasaron por su vida. Volvamos al “Arte poética” ya citada:

“Yo no juego con la muerte, / no podría tampoco jugar con los sueños / de antiguas amantes: / tanta ilusión guardada en la memoria / tanto amor que no cabe en la palabra amor / tanto placer que no sé cómo cabe en mi cuerpo / tantas mujeres que al fin fueron / la mujer / que compartirá locura sueños abismo / espejos noches por los techos / mujer inasible y real / conformada por todas las mujeres / de las que recuerde su rostro / en el espejo”.

También en “Parablas”:

“Una mujer merodea / en la mente de un hombre solo. // Es un fantasma que conspira / contra la quietud meditadamente establecida, / desordena la palabra: / bautiza la risa que resistía su abandono/ desde un cuarto de la casa tomada, / mueve la mano, el lápiz, / recorre poemas extraviados / en los laberintos de su memoria / divaga / huye / pero siempre regresa / a esa palabra que mueve las montañas / siembra pan en los desiertos / hace llover sobre campos estériles / rescata rincones que creía olvidados. // Una mujer / un fantasma / puede resucitar a un hombre / solo incomodando la palabra.”.

Similar relación entre la mujer y la palabra la establece en “Retrato de mujer”:

“Los nombres de mujer / no se escriben con tinta / ni llanto sangre o aerosol / sobre las piedras los nombres / de mujer no se graban en la corteza / de los árboles no sirven / para encabezar poemas. Los nombres / de mujer no quedan bordados / en las sábanas no quedan / en las cartas no caen / sobre los manteles no se ocultan / en la luz en las tinieblas en la sombra / de los objetos no caminan / sobre la huella de nuestros pasos. / Los nombres de mujer no se pierden / ni quedan confinados a un conjunto / de letras sin sentido. Los nombres / de mujer no se escriben no se recuerdan / ni se olvidan / no son / sino es imagen de nuestro / propio rostro en el espejo / que nos mira en silencio / que nos mira fijo nos pregunta / qué hicimos para merecer / su nombre.”

Un grupo de poemas, sobre todo pertenecientes al último libro publicado por Uribe, Ciudad sin sueño, proyecta sus inquietudes acerca de las imágenes más dolorosas del hombre a un ámbito más universal mediante la comparación de la vida en Nueva York con la de la ciudad de Rosario: por ejemplo, en “Otoño”, poema en que la muerte puede caer sobre un hombre tanto en la noche brumosa de Nueva York como en la de Pichincha,

“como si fuera lo mismo morir en Nueva York / o en Pichincha a mediodía o en feriado / morir de muerte natural o conspirando / derramar palabras o una inmunda sangre / recordada en la mesa familiar ante la carne /jugosa o en un vulgar análisis de colesterol...”

En este tipo de poemas el lenguaje de Uribe se retuerce en situaciones de violencia, en una enumeración cuajada de miserias, de oscuras conductas, en tonos de angustiada constatación, sin perder por ello la dimensión estética de sus versos. Como en “Poeta por la ciudad”, dedicado a Federico García Lorca:

“Cuál será la diferencia / entre el mascarón de proa / que trajo las ratas de Battery Place y las de San Juan y Mitre, / confundidas en las cubiertas entre / los que encadenados perdían el sueño / o los que soñaban por soñar porque su sueño / no se turbaba con cadenas, explosiones, / las espinas del pescado / las cáscaras de queso / o el olor a leche de macho alzado.

“Cuál es la diferencia entre Brooklyn / y las esquinas de Pichincha / las opacas, las que no tienen / resurrección en los finales / ni esperanza en los amaneceres.

“Qué nos distancia, New York, / si el bandoneón y el saxo / comparten un idioma / asesinado por el cielo / y las piernas, aquí y allá, / son más hermosas con medias negras / y el alcohol, aquí y allá, / tiene otro gusto compartido con amigos.

“Mientras tanto / en Harlen y en el Bronx / en Moreno y Weelwright / o en Laprida y San Luis, / un saxo aúlla, un bandoneón / en vano reclama al ciruja al poeta a la dulce prostituta / a los asesinados por el cielo / a los que no tienen resurrección en los finales / ni esperanza en los amaneceres / balbuceados desde el olvido.”

Así también puede uno sentir cierta depresión frente a las facetas negativas del hombre, en todos los paralelos del mundo, a través de los versos de “El centrofoward murió al amanecer”. Acentuando el diseño de este poeta nocturnal, tejiendo los límites extremos, las riberas de su exilio en la soledad.

Pero también se escurre y asoma entre sueños, delirios, recuerdos desgarrantes, y recorridos dolorosos por las azoteas del alma, la ternura del padre hablando al hijo, e invitándolo a “buscar”, a “buscar”:

“como alguna vez lo hicieran los antiguos”, “busca en tu niñez o la saga de tus sueños / entre las ruinas de la ciudad fantasma / en el aliento de desiertos y torrentes / o en el eco de tus pasos” o “Busca / en las palabras que quedaron adheridas / al silencio o en aquéllas fecundadas por aves y peces y abejas destiladas por fin / en el desvelo...”

La poesía de Uribe, con este estremecedor y desolado recordar, bajo un negro clímax nocturno, muestra en lo formal un bien acertado manejo de la expresión, intercalando versos de distintas medidas, como queriendo expandir su decir poético o comprimiéndolo, aun a veces en el mismo poema, prescindiendo de los recursos rimemáticos para dejar que el verso se mueva llevado por el ritmo interior de las palabras.

  

Eugenio Castelli

2000

 

 

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