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Los elegidos, de Reynaldo Uribe
por Inés Santa Cruz
Con un decir suave pero preciso, Reynaldo Uribe nos transporta a una meditación lírica que tiene como evocación el relato de Jorge Luis Borges: “Las ruinas circulares”. En este relato borgesiano, un mago, mediante un proceso de onirogénesis, engendra una criatura perfecta. Este producto de sueños acumulados durante años tiene la particularidad de ser inexpugnable a las llamas, porque el fuego no puede destruir los sueños. El progenitor guarda este secreto para no perturbar la normal imagen humana del joven. El relato concluye cuando el mago descubre desconsoladamente que él mismo es producto del sueño de otro. Esa condición de “ser soñado” parece quitarle identidad, reducirlo a la condición fantasmal de un simulacro.
Como sujetos racionales aspiramos al libre albedrío frente a toda determinación y sobre todo la de ser concebidos de acuerdo con el sueño de otro. Encontramos en esa independencia una optimización de nuestro arbitrio individual para poner límites, trazar bordes, argumentar razones, diseñar proporciones que, aunque nos marchiten, nos tranquilicen.
Admitimos que toda la existencia es un deambular por el producto de sueños ajenos -sueños urbanísticos, económicos, filosóficos, ideológicos- que conforman nuestro entorno. Pero la idea de que somos engendrados por el sueño de un demiurgo o de una utopía (que es un sueño hacia el futuro) perturba al mago del cuento de Borges y a cualquiera cuyo norte es la normalidad a ultranza.
La idea que suscita Uribe es totalmente distinta: sólo los elegidos son producto de los sueños. Son privilegiados e invulnerables al riesgo de la destrucción más impiadosa -la del fuego- porque éste es impotente para mellar los sueños.
En Los elegidos, después de una sesuda auto presentación, comienza la serie lírica con un homenaje “Resistencia” (1976-1983) dedicado a los que fueron engendrados por una utopía y “murieron sin poder escribir su último poema”. Lo continúa “Vulneración del misterio” donde hilvana en diecinueve poemas breves los eslabones genéticos de un posible “hombre nuevo”, sueño antiquísimo cuyo resultado no difiere del hombre antiguo, temeroso en un mundo ganado por el cansancio cuyos recorridos constituyen un abanico de caminos sin señales. Lo sigue “Los elegidos”, un largo poema que mimetiza un andar dudoso hacia un espejismo, un horizonte, con “brújulas cansadas”, con ausencia de elegidos, solo veladuras de muertos y se cierra con la consigna de “construir laberintos y recorrerlos”. Se arriba de esta manera al tramo final, titulado “Las ruinas circulares”, donde el dinamismo del sueño se intensifica con la convicción de que “es posible soñar otro hombre si otros hombres acompañan el sueño”.
Normal o elegido, todos podemos participar de ese estado de invulnerabilidad en la medida en que nos dejemos embargar por el misterio de los sueños. Ellos nos desembarazan de la corteza de la razón lógica y al volvernos más inocentes recuperamos libertad, facilidad para la sonrisa, somos proclives a la magia del juego, nos tornamos temerarios para las aventuras estéticas, rápidos para percibir la injusticia. El problema es si aceptamos iniciarnos o no en la zona misteriosa de los sueños, aunque en una zona o en otra, la muerte (Ella) espera al final del hilo de Ariadna en el laberinto existencial que tomemos como señal.
La frase de Uribe siempre es grácil aunque rotunda, sugerente pero hermética, supongo preñada de claves personales o generacionales pero con deseos de un diálogo franco y abierto con todos los lectores. “Los elegidos” es un poemario cuya unidad proviene de la relación semántica entre los que lucharon como si fuesen engendrados por un sueño y el hombre de “Las ruinas circulares” de Borges. Quizás esta reducción sea responsabilidad de mi vocación interpretativa que no desconoce la vibración sutil de las imágenes, ni la configuración de estas cuidadas páginas donde hasta la forma de los poemas varía -las líneas de los versos se desplazan o encolumnan suavemente- de acuerdo con los vaivenes del sueño.
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