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PRÓLOGO AL LIBRO CASA DE VIDRIO

 

 

Casa de vidrio es un nuevo poemario de Reynaldo Uribe. “Arte poética” inaugura la serie y presiona como el manifiesto lírico de quien ha rozado tierra firme y apuesta a defender ese lugar: Yo llevo tranquilamente / mi alma en un plato / al almuerzo de los años futuros. ¿Qué características rodean dicho lugar? Quizás el del cuartito de atrás –la metáfora le pertenece- donde las herramientas familiares potencian los trabajos más gratificantes. Allí se alimenta la resistencia. Resistencia a la intemperancia de una época, donde el ruido del mundo ha ensordecido la voz de las utopías. Resistencia a no dejar de ser uno mismo.

Parece oficiar como portada y cierre de los poemas que le suceden, y nos invita a un recorrido por sucesivas etapas o estaciones existenciales que se insinúan en el resto de la muestra lírica.

Su imagen poética dominante concentra el croquis de un proyecto ético. El alma=plato es una invitación, es circular como la amistad, proscribe la arista –siempre mezquina y discriminatoria-, tiene un centro, pero está abierta y disponible. Aparece como un exorcismo de todas las formas de la muerte.

Enhebran el resto de los poemas un mismo vibrar: la emoción se hace palabra, pero cuando lo visceral presiona busca la sentencia más clara. Ausculta sin concesiones, pero manifiesta con parsimoniosa calidez. Da vuelta en sus pensamientos pero no revuelve una retórica.

Su imaginación roza lo visionario, pero urbaniza sus escenarios significativos. Esta urbanización visionaria tiene un centro simbólico, la “casa materna”, ese Paraíso perdido donde se respiraba la inmortalidad, que es sólo un apunte fugaz en el recorrido azaroso del existir humano como constante expulsión, hasta enfrentarnos con los límites del último umbral (“El riesgo de lo vivo”).

Entre estos dos hitos –Paraíso perdido y “último umbral”- está la intemperie de las calles ciudadanas (“Otoño”, “Poeta por la ciudad”) en cuyas veredas se acumulan el saldo, lo descartable, el olor y el detritus de la soledad que es igual en todas las esquinas del mundo, cuando las ensombrece alguna injusticia.

En esta polis de los desesperados, desestimada por apresuramiento de los que tejen lazos en la polis de los satisfechos, la acumulación cierra toda garganta: Las palabras caídas / mientras tanto siguen allí en la alcantarilla / tapando las hojas secas que caen tapando / a las palabras que caen y nadie / está dispuesto a recoger. (“Otoño”)

Aquí aparece una figura fundamental: el testigo. El poeta alude sin estridencias a una misión, la de ser un militante de la memoria, porque puede reconstruir “ventanas” entre el ahora y el mañana (“Los testigos”).

El mapa de la ciudad es una manera de situar y sitiar su morada, que no es sino el recinto de otro límite: “el espejo”, duplicación del rostro y de su historia (“De espejos, poemas y suicidios”). La instancia del “espejo” es el tópico donde confluyen todas las preguntas.

Pero no deja de lado otros elementos protagónicos: los conspiradores, los monstruos, los fantasmas que anidan en la sombra o aparecen en distintas formas de opresión. Sólo el amor es el paliativo y el alimento de la resistencia. Porque amar es conspirar o respirar juntos, la forma más consistente de vibrar al unísono, de consolidar la fuerza.

Pero en este forcejeo entre esa plenitud amorosa –última y cristalizada trinchera de la resistencia- y la intemperie, donde asedian la soledad, la incomprensión, los fantasmas, los conspiradores, hay una tensa espera (“Alguien”). “Alguien” es un anónimo y azaroso paladín de la esperanza, “alguien” que pueda reemplazar al centrofoward que murió al amanecer, tomar su lugar y dar con la jugada certera que revierta la derrota de la justicia.

Reynaldo Uribe arquitectura sus imágenes con símiles de la construcción urbana: ciudad, calles, casa-morada, espejo, ventana, cerrojo, umbral. El lector percibe que es convocado a un recorrido que no le es ajeno, es su propio transitar desde el mundo hacia su soledad. El poeta señala al espejo como testigo o como barrera infranqueable, a la ventana como bisagra para pivotear entre la memoria y el futuro, pero sintetiza en la imagen del cerrojo tenaz (“Cerrojos”) sus propias posibilidades liberadoras: encontrar la llave extraviada que se parece a una palabra.

 Inés Santa Cruz

2001

 

 

 

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