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Ediciones JUGLARIA - 2003I.S.B.N. 987-20165-5-0 Casa de vidrio es de carácter antológico: reúne poemas del autor de sus libros La cuna de tu sombra, Resistencia, De espejos, poemas y suicidios, Rito de la ausencia, Quién conspira, Ciudad sin sueño, y Juegos de la memoria. La selección y ordenamiento de los textos conforman un nuevo recorrido, sugiriendo al lector la aprehensión de una obra diferente. El prólogo de esta obra fue escrito por Inés Santa Cruz (ver sección "Comentarios")
CASA DE VIDRIO
Heme
aquí restituido a mi natal ribera...
No hay
más historia que la del alma,
no hay
más holgura que la del alma.
Saint-John
Perse
I
“Habitaré mi nombre”, fue tu respuesta
a los
cuestionarios del puerto.
Y sobre
la mesa del cambista,
nada
tienes que mostrar que no sea turbio.
Saint-John
Perse
Arte poética
Yo no juego
con la muerte.
No juego
con los amigos que eligieron
esa forma
solitaria del exilio
ni con mi
padre o compañeros forzados a la partida
con el
engaño
Yo llevo
tranquilamente
mi alma en
un plato
al almuerzo
de los años futuros,
por encima
de burlas y amenazas,
como
hiciera Maiacovsky
cuando
eligió su corazón
como último
refugio.
No juego
tampoco
con la
locura, los gatos, los espejos,
o los
sueños que vivo
con la
intensidad de un sueño.
No podría
jugar
con mi
propio rostro en el espejo,
con la
severidad con que me mira
o la
sonrisa que rescata una mentira
y hunde
cada pequeña traición
innecesaria.
Yo no juego
con la muerte
ni con mis
alucinadas reiteraciones
que
frecuentan los paisajes de la locura
y llevan el
territorio de lo posible
a esos
abismos sin eco ni final,
sin bordes
para que la mano o la razón
detengan la
caída. No juego
con la
muerte. No juego conmigo.
Hay horas,
reconozco,
en que el
silencio trepa por los costados
de la noche
y mis manos a oscuras
no
encuentran el límite de mi propio
aliento.
Hay horas, reconozco,
en que mi
alma vaga de cuarto en cuarto
y observa
mi cuerpo que duerme
ajeno a la
requisa de papeles, de sueños,
de aquellos
objetos que cuido no me toquen,
de esos
rostros que ordenan mi memoria
y me ayudan
a mentir en el recuerdo.
Reconozco
también que hay horas
que
transcurren sigilosas, atentas,
que caminan
de sueño en sueño
de espejo
en espejo, de rostro en rostro,
y recorren
el vasto mundo por los techos
como gatos.
Tal vez sea gato algunas horas
y la muerte
me conceda ese deseo.
Pero yo no
juego con la muerte que aparece
en mis
sueños o en mi biblioteca
las noches
que comparto con la soledad y el alcohol.
Yo no juego
con la muerte que me permite
visitar a
mi padre y mis amigos,
que me deja
hablar en sueños con los que
pronto irán
de su mano, aparecerán
sin previo
aviso entre poemas y papeles
o en el
espejo al levantarme,
y volverán
solamente
las noches que comparta
con la
soledad y el alcohol.
Yo no juego
con la muerte,
no podría
tampoco jugar con los sueños
de antiguas
amantes:
tanta
ilusión guardada en la memoria
tanto amor
que no cabe en la palabra amor
tanto
placer que no sé cómo cabe en mi cuerpo
tantas
mujeres que al fin fueron
la mujer
que
comparte locura sueños abismo
espejos
noches por los techos
mujer
inasible y real
conformada
por todas las mujeres
de las que
recuerde su rostro
en el
espejo.
La muerte
me conoce.
Alguna vez
me ha invitado
a esos
dudosos paseos
de los que
no se vuelve.
Pero sabe
que por encima de burlas y amenazas
yo llevo
tranquilamente mi alma en un plato.
Sin juegos.
Cada uno en su lugar
disfruta el
almuerzo
de los años
futuros.
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Absolutamente cortinas
a Pink Floyd
Cuando la
soledad
es como
caer por el brocal de un pozo
húmedo,
oscuro, sin orillas ni contornos,
sin puntos
de referencia donde pueda
tomarse
conciencia de la existencia de uno mismo,
porque uno
mismo
no es más
que un vértigo de situaciones límites
que
eliminan todo viso de realidad,
todo
parámetro de locura
o cualquier
intento elucubrado de suicidio.
Cuando la
realidad
toca el
filo de la poesía
en su
transgresión de tiempos y de espacios,
en su
desesperanzada migración a los pantanos
que no son
ni más ni menos que los que se pisan
de este
lado del espejo.
Cuando las
pausas,
los
silencios,
son
campanas sordas
que tañen
en la profundidad de mares oscuros,
espesos y
aceitosos,
apestosos
de peces ciegos que gritan
sin emitir
sonido alguno pero
con la boca
abierta como queriendo abarcarlo todo,
todo lo que
existe en las profundidades
de las que
ningún humano conoce la clave
para
destrabar sus cerrojos,
aunque
mantenga la ilusión de furtivo
visitante
oculto de lo no visto.
Cuando se
habla de esperanza a manos llenas
y se riegan
los campos con alquitrán,
se inyectan
con hormonas los maniquíes,
se
plastifican los gestos, las acciones,
se previene
cada paso no dado aún
tirando la
dentellada sobre el bocado
ni siquiera
pensado todavía.
Cuando todo
está destruido
y no quedan
en pie raíces ni cimientos,
pero hay
monstruos que se relamen
porque han
sobrado unos despojos,
las últimas
gotas para el vampiro.
Cuando el
apocalipsis ha obtenido su clímax
siempre
siempre hay
un espejo que se empaña
y deja
nuestro rostro solo
abandonado
incapaz de
mirarse a sí mismo
incapaz de
reconocerse en los rostros cotidianos.
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no sé
si
prostitución
es abrir
las piernas
o cerrar
los ojos
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Casa
de vidrio
a Inés Santa Cruz
Resistencia
no es
invitación
al
exorcismo.
Intemperie
para el
militante de la vida
es sitiar
el espejo,
respirar
juntos,
convocando
la palabra.
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Deseos de mañana
Una baba
verde
crece
por las
paredes viejas.
Tal vez un
sueño
de futuro
o muertos
que
resisten
el olvido.
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Otoño
Una noche
brumosa de Nueva York
o Pichincha
no recuerdo una tarde
una mañana
de sol de madrugada un feriado
un amanecer
un miércoles cualquiera
un hombre
cae se doblan sus rodillas
y cae
derramando sus palabras en la vereda
cae el
hombre y sus palabras en la vereda
sucia sin
baldosas en la vereda encerada
en una
vereda cualquiera de cualquier
lugar
pisada por los abnegados
enfermeros
de la guardia de emergencia pisada
por
diligentes policías que no encuentran
al culpable
pisada por curiosos por viciosos
por
periodistas por la amable mujer que barre
las
palabras con las hojas secas con los fósforos
apagados
los chiclets secos los restos de algodón
como si
fuera lo mismo morir en Nueva York
o en
Pichincha a mediodía o en feriado
morir de
muerte natural o conspirando
derramar
palabras o una inmunda sangre
recordada
en la mesa familiar ante la carne
jugosa o en
un vulgar análisis de colesterol.
Y con el
tiempo la memoria confunde a las abnegadas
almas de
Nueva York y Pichincha a los enfermeros
a los
policías la memoria confunde a los viciosos
a los
periodistas y dicen que fue
un fósforo
que quemó un hombre
una mañana
de sol de madrugada un feriado
un amanecer
un miércoles cualquiera
que se
atragantó con un chiclet que el algodón
estaba
infecto porque era reciclado
que el
culpable no aparece que el culpable
fue
condenado a cadena perpetua fue barrido
por una
mujer su cómplice y la prueba número uno
la escoba
no aparece. Las palabras caídas
mientras
tanto
siguen allí
en la alcantarilla
tapando a
las hojas secas que caen tapando
a las
palabras que caen y nadie
está
dispuesto a recoger.
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Casa
materna
Los objetos
instalan
personas en los cuartos
para
asegurar su inmortalidad.
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Quién
conspira
Quién
conspira
contra la
libertad de mi sangre
para
correr, saltar
o detenerse
un instante,
o caminar
cada parte de mi cuerpo
según sea
primavera,
vergüenza,
miedo,
apuro o
soledad.
Quién
aspira
alterar su
resonancia
su ritmo
su volumen.
Quién
conspira
contra mi
propia
medición
del calendario,
mi régimen
de lluvias y cosechas,
la altura
de mis mareas,
el origen y
destino
de mis
vientos.
Quién
aspira
llenar los
silencios,
pautar
solsticios y equinoccios.
Quién
conspira
contra el
sueño y el poema,
el
horóscopo y la cábala,
el color de
mi sombra,
el espiral
del vacío.
Quién
conspira
contra los
pocos
conspiradores
que
conspiran.
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Poeta
por la ciudad
a Federico García Lorca
Qué pueden
tener las calles
las sucias
turbias calles del Bronx
el alba
mentida de New York
con su saxo
como aullido de perro asirio
o la muerte
por soledad en Vermont.
Qué puede
tener una ciudad sin sueño
con sus
caballos en las tabernas
y las
hormigas furiosas
que atacan
cielos amarillos refugiados
en los ojos
de las vacas.
Qué puede
tener, qué puede tener
un poeta en
New York
que no
tenga una prostituta un vendedor de pescado
un
bandoneón en la radio de los bares
un judío
levantando la persiana el ciruja
balbuceado
desde el olvido
o el
vendedor de queso que arrastra
el
nauseabundo olor de su comercio
hasta la
cama donde parirá a sus hijos.
Cuál será
la diferencia
entre el
mascarón de proa
que trajo
las ratas de Battery Place
y las de
San Juan y Mitre,
confundidas
en las cubiertas entre
los que
encadenados perdían el sueño
o los que
soñaban por soñar porque su sueño
no se
turbaba con cadenas, explosiones,
las espinas
del pescado
las
cáscaras de queso
o el olor a
leche de macho alzado.
Cuál es la
diferencia entre Brooklyn
y las
esquinas de Pichincha
las opacas,
las que no tienen
resurrección en los finales
ni
esperanza en los amaneceres.
Qué nos
distancia, New York,
si el
bandoneón y el saxo
comparten
un idioma
asesinado
por el cielo
y las
piernas, aquí y allá,
son más
hermosas con medias negras
y el
alcohol, aquí y allá,
tiene otro
gusto compartido con amigos.
Mientras
tanto
en Harlem y
en el Bronx
en Moreno y
Weelwright
o en
Laprida y San Luis,
un saxo
aúlla, un bandoneón
en celo
reclama al ciruja al poeta
a la dulce
prostituta
a los
asesinados por el cielo
a los que
no tienen resurrección en los finales
ni
esperanza en los amaneceres
balbuceados
desde el olvido.
-----
De
espejos, poemas y suicidios
Basta un
pequeño olvido
un instante
de distracción
y las
agujas del reloj
inician
un tiempo
propio para cada gesto.
Entonces
los espejos
no sirven para reflejarnos:
es nuestro
rostro que repite la figura
unidimensional y fría
dibujada en
el vidrio.
Puede
multiplicarse nuestra boca
para llenar
el espacio de sonidos.
Pueden
superponerse nuestros ojos,
ubicarse en
el medio de la frente
para
competir con Júpiter
sobre el
dominio del aire y del cielo.
Puede haber
la voluntad
de
destrabar las entrañas
y producir
ese vómito atrasado
que
escarbaba la memoria.
Es posible
que los pómulos
acompañen
la violencia volcánica
acumulada
contra uno
mismo
contra el
propio silencio.
También el
suicidio tiene cabida:
se puede
repetir la figura neutral
y
justificar la impasividad del espejo.
Todo es
probable tratándose de espejos,
han
acumulado en sucesivas estaciones
las ínfimas
señales de cada poro,
los signos
de cada paso de las horas,
los
desvaríos que provoca un olvido
un poema
un instante
de distracción.
Todo es
probable tratándose de espejos,
sólo ellos
desnudan nuestro rostro:
sospechoso
cómplice de uno mismo
o con la
palidez indiferente del idiota
cuando
acaba de orinarse en público.
-----
Noticias de este lugar
No quiero
vaciar
ni lastimar
palabras
que soñaron
en mi cama.
No quiero
devolver
esas palabras
mágicas
que
supieron restaurar
voces
enclaustradas
escondidas
viejos cantos
la risa
los
primitivos y olvidados
rituales
del amor.
No quiero
resucitar traiciones
en mi
rostro ni en mis manos que
cuidan la
tibieza de su piel.
Quiero que
la vida
me traiga
su voz cuando
se hable de
amor
que su palabra
estribe en
mis oídos,
guarde día
a día
lo que fue
lo que será,
lo que no
dejaré escurrir
entre mis
dedos.
-----
De noche
de mis libros
resucitan
otras vidas
que danzan
me acosan
luchan
aplastan
una a una
mis palabras.
Después
al
levantarme
lavo la
sangre de mis manos
y acomodo
mis últimos
despojos.
-----
Los
testigos
El futuro
esquiva mi mirada.
Entre sus
ojos y los míos hay un espacio hueco
que
desarticula todos los límites posibles.
No puedo
condenarlo.
Yo no
desciendo de los dioses
ni tengo la
inmortalidad de la piedra:
apenas
soy capaz
de vagar entre permanencias de otros
y mi
memoria sirve
todavía
para
reconstruir las ventanas
que me
llevan de un mundo a otro
y regresar.
El futuro
tiene miedo
a los testigos.
-----
II
Aquel
que busca, a cabo de sonda,
la
arcilla malva de las grandes profundidades
para
modelar el rostro de su sueño...
Saint-John
Perse
----
Los
fines y los medios
I
La lluvia
cesa.
Deja
calladas
soledades.
Como un
gato
dormido
sobre las
pantuflas del muerto.
Cuántos
como mi
propio padre
estarán
visitando
la memoria
de un amigo.
Cuántos
aún estando
extrañarán
la palabra
o la risa
que se fue.
II
qué
de la
muerte
vagabunda
presencia
en busca de
un olvido
qué
del
olvidado canto
de tu voz
cuando
canta
qué
del oculto
asombro
por la
exactitud
de la
palabra
qué
del vago
sueño
desafiante
de utopía
III
qué
del gesto
cómplice
de dios
en la
mentira
qué
del que
siente un soplo
una pequeña
vibración
un vago
recuerdo
y se
levanta
qué
si un
hombre
al menos
uno
se levanta
(el sol
atardece y
duerme
cuando un
hombre
le proyecta
su sombra)
IV
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